Estamos pasando de matar mosquitos con bombas atómicas a la terapia selectiva y dirigida contra el cáncer.
Esta palabra que con solo pensarla se nos atraganta y cuesta decir, para la que utilizamos un millón de eufemismos con la esperanza de que sea así menos terrible, engloba tantas enfermedades como puedas imaginar. Y no me refiero a distintas por afectar a diferentes órganos. Un cáncer de pulmón en una persona, será completamente distinto al de otra.
Estas células que se volvieron locas y empezaron a crecer olvidando cual era su aspecto, y más tarde cual era su sitio, sin importarles viajar solas y anidar en cualquier parte de nuestro cuerpo, tienen nuestra información genética, lo que somos. Un intrincado de cadenas de ADN que tendrán mínimas diferencias entre cada humano, diferencias que serán suficientes para que seamos tan variados. Tu cáncer, no será mi cáncer, aunque esté en el mismo sitio.
Y es que últimamente se me ocurren paralelismos de los más absurdos, y mezclo temas tan delicados y trascendentes con otros que pueden resultar muy banales. Se me ocurre pensar que todo necesita un traje hecho a medida.
Creo que he conseguido correr más, entre otras cosas, porque mi entrenador ha sabido ver qué es lo que necesito. Dos corredores de 800 con marcas similares entrenarán completamente distinto. Esos dos corredores, con el mismo entrenamiento, tendrán marcas totalmente distintas. Se necesita de un análisis más o menos profundo para saber qué capacidades tiene un atleta y cuales son necesario desarrollar más, con qué entrenamiento lo harás, qué tipo de carga puede soportar, cómo es capaz de recuperar su físico y su mente… Al fin y al cabo, los entrenamientos son ataques que ponen a prueba tu organismo a muchos y distintos niveles, y él responderá con las adaptaciones necesarias para salir mejor parado del siguiente envite porque no se quiere dar por vencido, ni que lo pillen la próxima vez por sorpresa.
Conseguir sacar el mejor partido de un atleta es todo un arte, así que es imposible que yo crea en recetas para todos (y mi receta no le servirá a nadie igual que a mí).
Mi receta va variando dependiendo de mil factores. Tengo ya una edad y hay entrenamientos que no soporto o de los que tardo mucho en recuperar, así que vamos adaptando la ruta dependiendo de los obstáculos que vayamos encontrando por el camino. Escucho más a mi cuerpo y lo trato todo lo bien que puedo, sin desesperar.
Los oncólogos son como los entrenadores: analizan los datos, muchos de ellos ya tratados por programas informáticos gracias al bigdata (inmunohistoquímica, genómica, radiómica…), que al final, no solamente le ponen nombre y apellidos al maldito, sino que nos dicen todos sus antecedentes, por donde se mueve, que le gusta, por donde querrá escaparse… y con todo eso, estos médicos especializados en el cáncer, ajustan el tratamiento cada vez más efectivo y selectivo. Seguimos avanzando a un paso vertiginoso, habiendo convertido en enfermedades crónicas algunos tipos de tumores con los que hace poco no habríamos sobrevivido más de un año. Hay esperanza.
Sin embargo, la palabra que más nos asusta no es nuestra peor enemiga. La primera causa de muerte siguen siendo las enfermedades cardiovasculares. Y de estas somos los primeros responsables. No busquéis fuera a quien echar las culpas, o sí. El ambiente actúa sobre nuestro cuerpo, maltratándolo. Y el caso es que todos sabemos cuales son los venenos que poco a poco van horadando nuestros órganos y nuestros vasos sanguíneos: sedentarismo, alcohol, tabaco, alimentos refinados, grasas, dietas hipercalóricas… Eso, que de tanto escucharlo, lo hemos “invisibilizado” porque no nos interesa.
Vivimos felices en un autoengaño facilitado por el silencio de nuestro enemigo, por una sociedad que normaliza lo más frecuente, y que goza de una estupenda salud para ir a por la recompensa inmediata, pero no para disfrutar del camino de una recompensa mil veces mayor a largo plazo.

