226º fragmento – Ni una sola vez

Una vez, un profesor de la facultad, un médico de una sección del Servicio de Medicina Interna del antiguo Hospital Puerta de Hierro, ahora ya cerrado, creo, me dijo al ver mi cara bronceada por el tibio sol de invierno de las tardes en Vallehermoso, y algún que otro frío sol de domingo tempranero por la casa de campo, que parecía que tenía demasiado tiempo libre, insinuando de forma casi directa que me dedicara a estudiar más, que Medicina lo requería. No habló de las caras pálidas que no se paseaban a la luz del día, pero sí bajo la media luz de los pubs y las luces multicolores y de neón de discotecas.

Una vez, me conocieron por ir casi todos los días en chándal o ropa deportiva al colegio o al instituto, porque en los recreos jugaba de forma incansable, porque era más cómodo, y porque apenas gastaba tiempo cambiándome de ropa para ir más tarde a entrenar.

Una vez me dio vergüenza salir con la ropa de deporte puesta del hospital tras hacer una tarde de endoscopias, o salir de la guardia, hasta que comprendí que me ahorraba casi media hora en la tarea de vestirme de “normal”, y volver a cambiarme 15 minutos más tarde en los vestuarios del estadio.

Una vez, dejé de llevar tacón porque me rompí la placa plantar del tercer metatarsiano, y llevé deportivas con faldas, vaqueros, pantalones chinos y vestidos. Dejaron de dolerme los pies. Ahora solo uso tacones en contadas ocasiones y llevando cerca unos planos.

Una vez, decidí comer de acuerdo a lo que necesitaba para el ejercicio que hacía y me encontré llena de energía haciendo entrenamientos, y consiguiendo recuperaciones más rápidas. Dejó de ser algo a lo que tengo que prestar atención, porque ahora sale solo, sin necesidad de pesar ni de pensar demasiado. Comer bien recompensa más de lo que imaginaba. Deberíais probarlo.

Una vez, fui capaz de rechazar bombones y dulces varios que llegaban un día sí y otro también a Endoscopias con mil excusas distintas. Me sentí rara y observada la primera, la segunda, la tercera…. vez. Ya nadie insiste y yo sigo con mi fruta y mi batido.

Unas cuantas veces me he sentado a escuchar a hablar sobre la necesidad de alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres. Lo más comentado, la brecha salarial, los puestos directivos, la accesibilidad al trabajo, la corresponsabilidad, el techo de cristal y el suelo de cemento, el síndrome de la impostora, la necesidad de estar más presentes en carreras STEM, la autoexigencia, la necesidad de mostrarnos perfectas, auténticas wonderwomen que hacen esfuerzos titánicos porque nadie pueda sacarles ni un solo defecto, con miedo a envejecer, a perder la belleza, a ser malas madres, a no estar a la altura de un puesto que se les ofrezca…

Ni una sola vez, he escuchado hablar del tremendo abandono del deporte por parte de las niñas cuando llegan a la adolescencia.

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