113º fragmento -No le compras coca-cola, pero no le dejas descubrir el deporte

“Hay padres a los que los deberían meter en la cárcel” “¿Por qué, mamá?”

Había pensado en voz alta, creyendo que el ruido del levante intenso que me obligaba a sujetar la sombrilla casi continuamente, no llevaría mis palabras más allá de mi boca.

Miraba a una pareja de niños de unos 8 y 10 años, seguramente hermanos, que jugaban sin parar en la orilla de la playa con una colchoneta tras haber perdido un balón que se había llevado la resaca. Ambos tenían dificultad para moverse por su obesidad, sobre todo el mayor, con una ginecomastia impropia de un varón, y mucho menos de un niño de su edad. Y sin embargo, no paraban de moverse -¿cómo podían?-, de jugar, de salir y entrar en el agua…

Los padres, jóvenes, delgados. No tenían cuerpos atléticos, y además, a él no se le caía el cigarro de la mano, pero estaban delgados.

Acababa de pasar un carrito de los helados, que venía desde más allá del Torreón, arrastrado por dos persona que sudaban la gota gorda para desatascarlo cada dos por tres de los montículos de arena de conchas rotas en la que se les hundían las ruedas y los pies. Los niños habían ignorado el carrito, estaban con sus juegos y ya habían comido. El padre se levantó para ofrecerse a comprarles unos helados. Quizás no fuera su padre. Tal vez fuera la pareja de su madre y trataba de deshacerse de ellos.

Por eso no pude evitar el suspiro seguido de las palabras que escuchó mi hija.

Como madre me siento responsable de la educación de mis hijas, y en esto de educarlas, entra mucho más que el conseguir que tengan un comportamiento acorde con lo que la sociedad espera. Me siento en la obligación de que crezcan sanas y ávidas pos aprender, que sepan distinguir aquello que pueda perjudicarlas, y que su mente esté alojada en un cuerpo que no intoxique su cerebro, sino que consiga de él su mejor versión (y todo cuenta).

Mis hijas no siempre quieren comer bien y no siempre quieren hacer deporte. Probablemente si las hubiera dejado, habrían elegido quedarse en casa viendo la tele, o la tablet, o cualquier cosa que requiera de un mínimo esfuerzo.

Mis bebés se habrían tragado mil veces mejor el biberón de leche artificial antes que estar haciendo esfuerzo chupando de una teta que a duras penas les daba la leche más maravillosa que pudieran tomar (que parece que aun la gente no se entera de que no hay nada mejor), haciendo esclava a su madre, una esclavitud aceptada con la enorme ilusión de estar haciendo lo mejor para ellas.

Mis hijas me pedirían todos los días chucherías, helados y demás venenos si no fuera porque los pesados de sus padres les advierten hasta la extenuación de que eso no es sano (unhealthy, que le hace mucha gracia a Claudia), y que lo podemos comer, pero en contadas ocasiones, y porque, cuando aun no entendían esta explicación, hemos aguantado rabietas como auténticos campeones (aunque nos hayan ganado en alguna ocasión).

Mis hijas hacen deporte igual que van al colegio. Es una obligación (igual que estudiar inglés).

No hay posibilidad de negociación en esto, y ellas lo saben. Pueden elegir deporte, pueden probar todo lo que quieran… pero hay que hacerlo. Alex y yo hemos insistido y aguantado chaparrones, porque al igual que muchas veces no quieren ir al colegio, muchas veces preferirían quedarse viendo Netflix en casa antes que ir a atletismo, natación o lo que corresponda (¡cómo no les va a pasar, si me pasa a mí!). Pero cuando ellas se agarran al sofá y refunfuñan porque inventan mil excusas para no ir, me veo a mí cuando tres veces en semana me quedaría viendo This is us en lugar de correr, y aun así, voy.

Pues aun así, ellas irán, porque cuando regresen, sus cerebros estarán despejados para las tareas, sus cuerpos relajados, sus depósitos gastados, y sus huesos y músculos estimulados para seguir creciendo armónicamente .

Y eso lo sé yo, y ellas lo están aprendiendo. Y si tú no lo sabes, es porque prefieres no verlo.

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