123º fragmento -Programados para morir o programados para que les demos muerte

En el 2001, en una estación de bomberos de california, celebraron el siglo de una bombilla que llevaba encendida eso, 100 años. Algún lumbreras de finales del siglo XIX vino a descubrir un filamento que perduraría más allá de la esperanza de vida media humana, estando él muy orgulloso de su descubrimiento. Mal. Las cosas no deben de estar hechas para durar siempre, si no, ¿de qué iba a comer la industria productora de bombillas?

Así que las grandes empresas mundiales fabricantes de bombillas formaron un cártel y determinaron cual debía ser la duración de una bombilla. Unas mil horas les pareció que ya estaba bien para una bombilla que fuera a sacarse al mercado, que las cosas, de usarlas, se deterioran, y así cada cierto tiempo tendríamos que recambiarlas.

No sé si ese fue el comienzo de la obsolescencia programada, pero sí que parece que nuestro mundo no está hecho para hacer cosas duraderas, pues si nuestro crecimiento económico está básica y casi exclusivamente basado en el consumo, no querrán que dejemos de comprar artefactos cuanto más perecederos mejor, ni de pedir créditos con los que poder seguir fabricando su dinero.

Estamos en la rueda que ya conocemos, y otra alternativa parece difícil.

Si la obsolescencia programada de forma directa ya nos parece una aberración, lo mismo nos debería parecer la que lo es de forma indirecta. Y es que muchas veces no cambiaremos un televisor porque haya dejado de funcionar, sino porque aquel otro que vi es más grande, más fino, o tiene más funciones, o se ve discretamente mejor. Lo de los teléfonos móviles ya es de locos, porque además, aunque al final tengamos que cambiarlos porque la batería ya no dura nada, o porque con las actualizaciones de software han conseguido que se enlentezca hasta tal punto que se nos hace insufrible… la mayoría de las veces lo cambiaremos mucho antes de que esto ocurra. La ropa que te compraste hace dos temporadas (si es que ha aguantado), dejará de estar de moda, y con los precios de ganga que encuentras en los grandes almacenes (mercadillos disfrazados de tiendas con outfits que todas queremos), a ver quien no se va a dar el capricho (total, por lo que cuesta, que más da que me dure tres puestas).

Y antes, ocultaban y desmentían acusaciones sobre esa obsolescencia por la que las cosas se convierten en basura en poco tiempo, pero ahora forma parte del tinglado, y han conseguido convencernos de que nos están haciendo un favor, porque hay que consumir. Consumir, y generar basura.

Decía un economista que si creíamos que el capitalismo podía subsistir en un planeta con recursos que no son infinitos, o bien estábamos locos, o éramos economistas.

Tal vez sin darnos cuenta ya hayamos programado la obsolescencia de nuestro planeta, y la visión de esta aterradora idea sea el acicate necesario para relanzar la carrera espacial que parece que quedó demasiado estancada desde que EEUU pisó la luna. Y es que al final, resulta que seremos como los alienígenas que en Oblivion venían para llevarse el agua porque ya habían agotado la suya (y la de otros planetas); o como los protagonistas de Wall-e, que tuvieron que abandonar La Tierra tras haberla convertido en un descomunal vertedero (parece que en África, Occidente ya usa grande extensiones de terreno para dispersar su basura electrónica).

Necesitamos alternativas a lo mal que lo estamos haciendo.

Tal vez no podamos con la obsolescencia programada, pero sí podemos con la que programamos nosotros, casi sin saberlo, abducidos por la necesidad imperiosa de consumir el último modelo.

Deja un comentario