124º fragmento -Pacientes perdidos: sé amable

Un día estaba tumbada panza arriba en la cama, en los 20 minutos postprandiales de los que siempre se ríen mis niñas (y Alex), que se inician cuando digo: “oye Siri, cuenta atrás de 20 minutos”. Siri empieza a contar y yo cierro los ojos y quedo tumbada en la misma postura que un muerto en un ataúd. Es el tiempo mejor aprovechado en cuanto a descanso, consciencia inconsciente, en un mundo entre vigilia y sueño, en el que parece que todos los nudos se vayan aflojando. Debe ser algo así como realizar escritura automática (nunca lo he intentado), donde ideas y posibles soluciones comienzan a fluir.

Cuando se acerca el final de esa pausa puede ocurrir, o que vuelva del todo al mundo de los vivos sin necesidad de la desagradable alarma (no sé por qué no la he cambiado aun); que suene la desagradable alarma en el momento justo en el que estaba a punto de encontrar una respuesta o viviendo intensamente un sueño (mal rollo); o que se produzca una sincronización imposible entre alarma y resolución de tinglados (el súmmum).

Ese día pensaba en la de veces que solamente con un gesto podemos alegrar el día a alguien haciéndoselo más sencillo: con una frase, con el tono de nuestra voz, o con una mirada de comprensión…, qué poco cuesta hacerlo y cuanto ganamos…, y en la de veces que no habré sabido estar a la altura de algo tan simple.

Dicen que las vacaciones son para desconectar del trabajo, pero doy fe de que a pesar de desconectar, no me libro de algún quehacer en el periodo de descanso, y tampoco me importa, casi que me reconforta. Desde problemas más o menos sencillos que puedes resolver por teléfono, a consultas médicas por algún familiar, un caso por el que te piden que te pases por el hospital, algún problema con el nuevo programa de informática para endoscopias, los pedidos de ciertos materiales, una reunión de objetivos, la programación de los cursos o congresos a los que vas a ir…, en fin, dejé de enfadarme por esas interrupciones en las que la mayoría de las veces no estaba haciendo nada importante, y comencé a sentirme bien por poder ayudar (aunque seguramente todo se habría podido resolver también sin mi disponibilidad).

Pensé también en como dejé de tener prisas por el hospital para detenerme en los pasillos con quien veía perdido buscando una consulta justo en el otro extremo de donde debería estar; en cómo me armé de paciencia para dar explicaciones y comentar los resultados de las pruebas hasta que el receptor de la información ya no tuviera más preguntas; en cómo me presté a resolver problemas de citas, de tratamientos, de pacientes que de forma equivocada acudieron a hacerse una colonoscopia…, y puedo asegurar que siempre lo hago con mi mejor disposición (aunque a veces no lo parezca).

Y sin embargo, aun podía recordar alguna ocasión en las que por falta de tiempo, estrés, demasiada demanda de atención (excusas que ahora se me hacen diminutas)… tal vez mi respuesta no fue la adecuada, y alguien se llevó de mí una mala impresión.

“Treat people with kindness” dice la canción de uno de los cantantes favoritos de mi hija. Una canción llena de buen rollo, que te hace saltar y tener buen humor. Y es que, tratar a la gente con amabilidad, te hace sentir mejor persona, y de repente, todo mejora a tu alrededor.

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