La vida avanza sin preguntar ni pedir permiso. Rara vez se parecerá a lo que planeamos y muchas veces puede que incluso sea mejor de lo que habríamos esperado. La vida es un devenir de acontecimientos que nos pillan por sorpresa, en ocasiones con periodos estables que nos permiten descansar, bajar la guardia, y aburrirnos; en otras, llena de turbulencias, aceleraciones y frenadas, giros de 180 grados y vaivenes de emociones.
Cada uno la afronta como puede dando respuesta a lo que le viene. Hay quien tiene dinero y podría tener todas sus necesidades colmadas si todo estuviera en venta; hay otros que luchan por llegar a fin de mes sintiéndose satisfechos por haberlo conseguido una vez más, viviendo solo con lo básico e indispensable; hay quien se conforma con poco, otros con lo que tienen y otros…, jamás tendrán suficiente. Hay quien se siente afortunado simplemente por estar vivo y es capaz de convertir la peor de las noticias en la mayor de sus fortalezas, agarrándose a todo lo bonito que tiene esta montaña rusa en la que vamos avanzando (odio el anuncio de Seguros Ocaso). Hay otros que siempre verán a su alrededor en blanco y negro, incapaces de descubrir ni un solo motivo por el que merezca la pena mantenerse a flote.
Supongo que en la manera de vivir el espacio de tiempo que nos tocó en gracia tienen que ver tanto nuestras primeras vivencias, esas que ni si quiera creemos grabadas en nuestro más profundo inconsciente, como las enseñanzas de nuestros padres, de nuestra familia, lo obtenido de las relaciones con nuestras amistades… , todo eso que nos viene desde fuera, pero también, lo que somos (definido por nuestro código genético). Esto último sería algo así como el filtro por el que pasará toda la información que nos llega, y cómo la utilizaremos para hacer de nuestro entorno un sitio agradable en el que habitar o, en el otro extremo, la peor de nuestras pesadillas.
Lo que somos (en el sentido más profundo de la palabra ser), llámese alma, o conexiones neuronales con ingentes cantidades de neurotransmisores de diversos tipos que producen cambios eléctricos en las membranas de nuestras neuronas, en circuitos imposibles donde guardamos información, aprendizajes, emociones, formas de ser… Qué difícil es creer que seamos solamente eso, un circuito eléctrico perfectamente orquestado para dirigirnos a quien sabe dónde. ¿Dónde residirá el alma, si la tenemos?… Lo que somos, mezcla de estímulos externos y transcripciones genéticas, será el cristal por el que observar el mundo que nos rodea.
¿Qué nos diferenciará de las máquinas cuando estas sean capaces de crear, experimentar emociones (qué más da que sean aprendidas), hacerse preguntas sobre su propia existencia…?
Doy gracias por hacerme estas preguntas solamente de vez en cuando y pasar sobre ellas casi de puntillas para no caer en el abismo de la desesperación al que creo que llegaría si tratara de entender cual es el motivo último de nuestra existencia. Bien pensado, me siento agradecida porque me sigue dando lo mismo. Aquí estoy para vivir este trocito que me tocó, intentando ser y hacer feliz con todas mis fuerzas, evitando odios y malos sentimientos, y dejando ese legado a las que por suerte me tocó tener como hijas.
Hagamos que nuestra parcela de espacio/tiempo haya merecido la pena ser vivida.

