Acaba de darse cuenta de que aquel pequeño cuerpo desnudo sobre la camilla rodeada por seis personas es su hija de tres años, y es como si un camión pasara por encima de él.
(Es imposible saber cual será nuestra reacción cuando una hija está en peligro. Lo que está claro es que todo lo demás dejará de importar).
¿Es usted el padre? -Sí. Y él oye lo que le dicen como si su cabeza se acabara de sumergir a 5 metros de profundidad y las ondas sonoras no llegaran a través de sus tímpanos. Solo alcanza a entender que aunque puede resultar muy espectacular lo que está viendo, no tiene por qué terminar mal. Pero su niña está tumbada boca arriba, sin responder a nada, con una mascarilla puesta y varias personas ocupándose de cogerle una vía y no sabe que más.
Cuando su suegra lo llamó 15 minutos antes no alcanzó a entender nada de lo que le contaba entre lloros. Le bastó escuchar “baja al ambulatorio, que se la llevan al hospital y yo no puedo dejar a la mayor sola”. Esa fue la primera inmersión de su cabeza bajo el agua, a muchos metros de profundidad a pesar de estar frente a su ordenador, en su puesto de trabajo. Sus compañeros, ¿te llevamos?. No hace falta, me voy con mi coche. A toda prisa, imaginándose lo peor, con una taquicardia que le aprieta el pecho y le impide casi respirar.
Entra al ambulatorio, donde hay aparcado una ambulacia del 061 en la puerta, y lo primero que ve es a su suegra y su hija mayor llorando abrazadas. Lo segundo, la niña en la camilla cuando se gira para responder: sí, yo soy el padre.
Se han subido a la ambulancia y él no es capaz de distinguir entre médica y enfermera. Todos callan en ese espacio minúsculo mientras circulan a toda prisa hacia el hospital. La niña respira, pero está inconsciente, no responde a ningún estímulo. No saben que le pasa todavía.
En el box de urgencias le ponen el termómetro y tiene fiebre. La exploran y piensan que pueden ser unas convulsiones febriles. Comienzan con el diazepam rectal y los antitérmicos. Y todo va bien, todo va a ir bien, le dicen. Y él lo cree. Ojalá estuviera aquí su mujer. Acaba de llamar desde Londres, a punto de embarcar para regresar de un curso. No le ha dicho nada. Para qué. Aun no sabía nada. Ella no ha notado nada raro.
La niña descansa con su abuela sentada a su lado. Duerme plácida y profundamente gracias a la benzodiazepina que circula por su cuerpo. Tienen que hacerle más pruebas (horror), ha tenido una crisis parcial compleja. -Necesitamos hacerle una punción lumbar y un TC craneal. Él se va al aeropuerto a recoger a su mujer, con el cuerpo pesado, con la cabeza bajo la presión de 10 metros de agua, sin saber aun que le va a decir.
La ve salir con aspecto cansado, pero sonriente, buscando con la mirada a sus hijas. No están escondidas esta vez. No saldrán a lanzarse como dos locas a su madre buscando el regalito de turno. Se acerca, le besa, y le pregunta: y las niñas, ¿no han venido?. Intenta hablar, pero su garganta se cierra y no sabe ni qué sonidos habrá logrado emitir antes de que las piernas dejen de sostener su cuerpo y el llanto desesperado lo inunde todo. Ella lo sostiene y alcanza a decir: Eso serán convulsiones febriles y ya está, no te preocupes. Y por un breve momento, él odia su optimismo: “eso dijeron al principio, pero ahora piensan que puede ser otra cosa”.

