59º fragmento -La incertidumbre cuando esperas lo peor

Tras mirar las fotos de la impresora térmica y preguntar de nuevo por los síntomas, como si nadie lo escuchara, desde un sillón viejo de la sala de médicos de la antigua planta de ginecología donde apenas había la luz suficiente para avisar de que allí dentro había alguien, sentenció: “Lo primero que hay que hacer con esto es pedir marcadores tumorales y nueva prueba de imagen en dos semanas”. Y es que sonó a sentencia, porque la incertidumbre de las dos semanas siguientes la llenarían de tal desesperación, que solo pudo aguantar una antes de pedir auxilio.

15 días antes, la observación estaba llena hasta los topes y la habían avisado para valorar a una mujer de solo 27 años (uno más que ella) diagnosticada de una cáncer de ovario meses antes, con una carcinomatosis peritoneal. Las células malignas habían comenzado a invadir la grasa que rodeaba sus vísceras. Esas células producían liquido que iba almacenándose en esa cavidad peritoneal donde apenas existe nada, formando una ascitis no muy distinta de la que hinchaba la barriga de los cirróticos. El problema era que esta difícilmente saldría de allí con un tratamiento para orinar; el mayor problema era lo que significaba para el pronóstico de la chica.

El cáncer es feo siempre, pero se vuelve horrendo cuando corta una vida tan joven, llenándola de un sufrimiento para el que ni la protagonista, ni los de alrededor, estarán nunca preparados.

No hay nada peor que la incertidumbre, lo veo a diario. Esperar los resultados del estudio de una biopsia; tener que repetirla cuando no es concluyente; la prueba de imagen que no hay manera de citar; se rompe la resonancia; dos pruebas que se contradicen; la dificultad para llegar a una muestra que nos de algo más que un diagnóstico de presunción… La incertidumbre va hiriendo a quien la padece, y desespera al que está preparado para comenzar un tratamiento en cuanto le den la salida. Pasan las horas, los días, e incluso las semanas, esperando el veredicto final que va a a ser responsable de como vivas el resto de tus días.

En un episodio de menos de una hora de “House” llegarías al diagnóstico de cualquier cosa: cuatro médicos con un director de orquesta al que nada se le escapaba, aliados para acortar el periodo de incertidumbre de manera récord, con toda la batería de pruebas disponibles en cualquier momento del día, tremendamente polivalentes y versátiles, con técnicas que solo se han visto en el Hospital Universitario de Princeton-Plainsboro.

Ella, con casi la misma edad que la chica del cáncer de ovario en estadio terminal, tenía un “quiste ovárico derecho de unos 6 centímetros, con paredes engrosadas, abigarrado, con líquido periovárico (eso era lo que le dolía como si fuera el inicio de una apendicitis), que no se podía descartar que tuviera un origen tumoral”, rezaba el informe de la eco. El silencio que siguió a las indicaciones del ginecólogo fue roto por una frase apenas susurrada por ella: “La ecografía es mía, de mi ovario”.

No pasaron dos semanas. A la semana siguiente buscó a alguien que pudiera hacer que dejara de pensar en el peor de los diagnósticos. Era demasiado pronto para una nueva ecografía…, tal vez. Esta vez con sonda intravaginal (que se ve mejor el ovario), y tras un silencio mucho más largo que el de la primera vez: “Parece un quiste folicular que se ha roto. Ya tiene menor tamaño”. Se quedó con ese diagnóstico, dejando de contener la respiración.

Deja un comentario