64º fragmento -Complejos que se desvanecieron

“Mis amigas me dicen que qué me pasa en el ombligo, que lo tengo muy feo”. En su barriga de niña de 5 años reina un botón que jamás se meterá para adentro, vestigio de que estuvimos unidas. Las tres tuvieron un cordón umbilical bastante grueso, las tres quedaron marcadas con ese ombligo que parece que es parte de nuestro sello de identidad, porque es igual que el mío (ahora algo más desfavorecido por lo antecedentes gestacionales).

A lo largo de mi vida he sentido innumerables complejos físicos, pero en ninguno llegé a necesitar de una terapia psicológica para superarlo a pesar de la maldad infantil que se empeñaba en enardecer los “defectos” de quien era de las primeras de la clase y del deporte.

Mis dientes necesitaron de un aparato durante 3 años para que dejaran de llamar dientes de conejo (aunque aun hoy me siga costando cerrar del todo la boca sin que mis paletas queden al descubierto) cuando estaba en sexto de EGB y los niños y niñas empezaban precozmente (o no) con el tonteo secundario a la revolución hormonal de la adolescencia. Nunca me consideré guapa, ni tampoco me ayudó a serlo los cortes de pelo estilo garçon que de vez en cuando me daba (era mejor para el deporte, mi madre me lo recomendaba, y yo, de repente, veía una foto de una actriz o una modelo a la que le quedaba divino).

Los dedos de mis pies no sé muy bien si están así de fábrica, o se fueron adaptando a las zapatillas de deporte que los alojaron durante casi todas las horas que permanecía despierta, pero el caso es que aparte de ser difíciles de mirar en general, tengo uno en particular, el segundo del pie izquierdo, que parece haberse fracturado en alguna ocasión que no recuerdo, para luego volverse a soldar de forma picassiana.

Mi piel estaba (y está) salpicada por incontables lunares, algunos de ellos de un tamaño ya molesto. Mi abuela María (la madre de mi padre), insistía en que eran preciosos, y a la vez que rezaba la frase “mujer alunarada, mujer afortunada”, me mostraba uno idéntico al mío en el escote que siempre llevaba tapado, como muestra fehaciente de que compartíamos la misma sangre.

No recuerdo que se metieran con mi delgadez, pero es que en mi infancia, estar delgado era lo normal.

Los gemelos fueron creciendo a medida que lo hacía mi nivel deportivo, siendo más que evidentes e invitándome a no ponerme faldas o vestidos donde quedaran al descubierto. Mis hermanos no ayudaban nada en absoluto a que esto mejorara, porque menudos gemelacos que tenía la niña.

Cuando apareció el vello sexual, comenzó otro suplicio, el de las ingles. No había método de depilación que consiguiera que la reaparición tras haber acabado con la línea del bikini no fuera escandalosa, con pelos enquistados que siempre dejaban marcas y que me hacían detestar ponerme la ropa de baño o la braga de competición. Eso si que lo recuero con horror. Menos mal que a los 23 años llegó la depilación láser y eso ha quedado solo en mi recuerdo como un mal sueño.

Mi ombligo consiguió que apenas utilizara tops durante mucho tiempo, hasta que conseguí hacerme amiga de él y reírme de mí misma, y darme igual lo que pudieran decirme. Mi ombligo era diferente, parecía que un ser humano diminuto se había metido a través de él y había dejado expuesto al exterior su culo. Y me hacía gracia.

“Claudia, tienes mucha suerte con tu ombligo. Lo tienes así porque el cordón que nos unía era muy grueso y tardó mucho en caerse, yo lo tengo igual”, y veo que se siente reconfortada. “Y además, así las pelusillas y la porquería no se te quedará dentro. Tu ombligo es un ombligo estupendo y útil”. Sonríe.

Ya no me queda ningún complejo. Todos desaparecieron en algún momento y aquellos que en alguna ocasión me los comentan como si fuera un descubrimiento recién hecho me hacen gracia. Tal vez pensaron que no me había dado cuenta.

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