76º fragmento -Si quiere ser olímpica…, ¿qué hago yo? Cómo saber si hago lo correcto

“Esta niña volará muy lejos. Dejadla volar. Ayudadla con su vuelo”.

Eso fue hace 3 años en Madrid, cuando íbamos buscando una heladería. Una mujer de más de 80 años que iba caminando sola, se había acercado a Daniela, que iba jugando con sus hermanas unos metros por delante de nosotros. Luego se acercó a su padre y a mí para advertirnos sobre el futuro de nuestra hija. Solo pudimos mirarnos extrañados.

Todo empieza como un juego. Probando. Intentando rellenar las esferas que ya desde los griegos se intuía que eran importantes para el desarrollo de la persona. Anima sana in corpore sano. Eso que parece que hemos olvidado para acercarnos más a ser como los humanos que habitan en un hogar artificial perdido en el espacio esperando que La Tierra sea de nuevo habitable como en la película postapocaliptica “Wall-e”.

Yo lo sigo a rajatabla. Me fue tan bien que mis padres se empeñaran en desarrollar mi físico al mismo tiempo que mi mente, que no veo otro camino mejor para seguir. Pero, ¿y cuando deja de ser solo un juego?. Antes aun de eso : ¿cuándo deja de ser solo un juego?. Intento sondear sin que mis preferencias influyan demasiado. Que yo desee que mi hija ponga toda la carne en el asador para ir a unas Olimpiadas, por ejemplo, no tiene que ser su elección, y sin embargo, con Daniela, que va camino de los 14, cada vez está más claro que éste es también su sueño (y no porque sea el mío). Analizo, con cuidado, las posibilidades: tiene cualidades y talento; tiene capacidad de trabajo; determinación; capacidad de sufrimiento; capacidad de disfrute; sabe leer las carreras; sabe enfrentarse a sus miedos…, a pesar de sus trece años.

Empieza a competir en campeonatos nacionales.

Empieza a realizar un atletismo parecido al profesional.

Empieza a pensar en donde quiere llegar… (campeona olímpica, dice).

Y yo me veo en la obligación de ofrecerle las mejores cartas con las que pueda jugar en algo que a mí me llena tanto como a ella.

La tarea es difícil. La adolescencia la vuelve arisca, y a mí, la posición de madre me puede hacer perder la objetividad y ser más pesada de lo normal. Intento distanciarme y dejar espacio. Busco los huecos en los que la veo más receptiva para hablarle de cosas que me parecen importante para que consiga los objetivos que se va trazando en un futuro que tal vez esté más cerca de lo que ahora veamos. El descanso, la nutrición, el entrenamiento, la planificación… Por ahora todo va fluyendo sin profesionalizarse. Aun es una niña, y tiene que disfrutar (siempre tendrá que disfrutar, porque si no, estaremos perdidas), pero al mismo tiempo, su madurez y sus ganas de triunfar le permiten ir viendo más allá.

Y yo, que vivo en Almería, donde lo normal es que los niños dejen de hacer atletismo poco antes de los 18 (si llegan), me siento responsable de que esto no ocurra con ella. Intento valorar las diferentes posibilidades que se pueden plantear en un camino cuyo inicio ayer parecía lejano, y de repente se me presenta en las narices.

Con quién y cómo entrenar; los años que vendrán de cambio hormonal en su cuerpo y cómo afectarán a su rendimiento y a su motivación; la influencia de la nutrición en sus objetivos; el descanso y las técnicas de recuperación para afrontar nuevos entrenamientos; dónde continuar su carrera atlética si ésta se prolonga; cómo conllevarla con los estudios…

Quiero darle la oportunidad que me pida, esa por la que esté dispuesta a luchar. Quiero saber cómo hacerlo. Quiero que ella pueda decidir sin que las carencias hayan tenido que influir en esa elección.

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