Una vez tuve un profesor, cirujano, que si lo mirabas de perfil, podías advertir con claridad que su fisionomía había sido perfectamente diseñada para operar. Su cuerpo mirado desde un lado describía una S casi perfecta, estando situada su cabeza al final superior de la línea, con una cifosis cervical perfectamente trazada para que sus manos y su mirada pudieran estar encima del cuerpo que operaba. No parecía que ese cuerpo sirviera para mucho más que para operar. Tampoco le importaba mucho al portador del mismo, ser cirujano era su vida, y haber conseguido acoplarse así a una mesa de quirófano, tal vez fuera para él una ventaja evolutiva que yo no sabía apreciar.
En general, todos los entregados a la práctica de la medicina, desde mis ojos de estudiante y deportista, presentaban alguna evolución física que les permitía mantenerse de pie mucho más tiempo que yo, y sin embargo, probablemente no podrían plantearse ni lanzarse a cruzar un semáforo a punto de ponerse en ámbar.
En mi infancia jugábamos en el colegio hasta caer reventados. Recuerdo irme media hora antes de la sesión de tarde para poder jugar al baloncesto antes de que a las 3 empezaran las clases. También jugábamos al fútbol, al matao, al balón prisionero, a la comba, a policías y ladrones… en la calle hasta que nos llamaban a cenar, y con un breve descanso para la merienda. Ahora veo que entrenábamos sin saberlo. Nuestros cuerpos estaban preparados para cualquier cosa. Nuestras mentes se vaciaban de todo, y dormir era tan necesario que nadie sabía que pudiera existir el insomnio. Los precocinados aun no habían inundado nuestras casas. Las videoconsolas eran accesibles a unos pocos desafortunados.
Nuestras vacaciones han acabado con un día en la Warner Beach como colofón final, y vuelta a la realidad después de que nuestros ojos volvieran inundados de verde y nuestros pulmones de aire puro. De una temperatura que parecía acariciarte pasamos al calor intenso y sucio de Madrid (desde lejos veíamos la boina de polución coronando la ciudad).
Había básculas electrónicas de gran capacidad a la entrada de los toboganes. “No podrá tirarse si pesa más de 130 Kg”, rezaba más o menos el cartel. Me tiré de 5 atracciones distintas. Me dio tiempo a ver como echaban para atrás al menos a 4 personas, 4 de los que lo intentaron, porque la gran mayoría que sospechaba que iba a ser rechazado, ni lo intentaba.
Me crucé con una familia parecida a nosotros, delgados y con cuerpos sanos. Una familia entre mil. Y me llamó la atención por rara. Es raro estar sano.
Los cuerpos de los estudiantes de medicina eran en su mayoría pálidos, delgados o gordos, pero con una composición corporal seguramente insana, portadores de gafas para la miopía agravada por las horas de estudio, adictos al café, ávidos por poder salir el fin de semana para evadirse de los libros… El Dr. Maeztu (el House de mi fragmento) se quedó prendado de mi cara y brazos morenos a destiempo. Tal vez me imaginó tumbada en un parque tomando el sol todas las tardes en lugar de entrenando durante una hora y media en Vallehermoso. O tal vez le molestó que yo pareciera sana. “Señorita, parece que tiene usted mucho tiempo libre para tomar el sol”. El cuerpo del que me hablaba era pálido, delgado, asténico y sarcopénico, con la vitalidad justa para mantenerse en pie y trasladar su cerebro de habitación a habitación realizando sus magistrales diagnósticos.
Soy pesada, soy consciente de ello, me lo recuerda mi hija continuamente, pero es que siento que como sociedad lo estamos haciendo tan mal…

