Un niño de 8 años llegó a la consulta de pediatría. Con una caída sin importancia había sufrido una fractura. El niño rebasaba los límites de la palabra hermoso que suele utilizar la abuela para describir a un infante bien alimentado y rollizo, que produce alegría nada más verlo. Probablemente el niño se acercaba más a una obesidad mórbida. ¡Cómo come mi niño! -pensaba la abuela cada vez que lo veía engullir, todo orgullosa.
Esto me lo contaba mi cuñada, y yo la escuchaba horrorizada. Compartimos interés por la nutrición saludable, y yo le estaba comentando que en nuestro regreso de vacaciones habíamos parado en la Warner Beach y me había producido cierta desolación ver a tanta gente enferma, chutándose azúcar a cada kiosco que encontraban. Familias enteras en las que podrían sobrar una media de 120-150 Kg por familia; niños sentenciados a enfermedades metabólicas casi desde la cuna.
Lo vi claramente. Esos padres eran culpables de su desgracia. Habían preferido el camino fácil de los productos procesados, que se habían instalado en sus casas sin apenas resistencia, con una palatabilidad que ni un plato de Arguiñano, y con una facilidad para su preparación que ganaba por goleada a un buen puchero de esos que hasta la abuela había olvidado ya preparar. “Total, me ahorro el trabajo, luz, y además, si echo cuentas de lo que tengo que comprar, sale más barato. Y encima los niños comen sin protestar”
Todo son ventajas a la vista. Todo desventajas en el lado que no puedes ver. Culpables, seguía pensando yo.
Al niño rollizo en grado superlativo le hicieron una radiografía y una analítica.
En la radiografía se podía ver la fractura, pero además, algo llamó la atención de quien miraba la parte más evidente. Los huesos aparecían más negros de lo normal. Una observación subjetiva que llevó a sospechar una enfermedad de viejos en quien aun no había consumido su primera década de vida: osteoporosis (que posteriormente se confirmó). Si, eso que la gente describe como que le falta calcio en los huesos. Una enfermedad de los ancianos, de los que se fracturan caderas, en un niño de 8 años.
Con el análisis lleno de asteriscos se diagnosticó de desnutrición: faltaban vitaminas, la albúmina estaba baja, anemia por déficit de hierro…
El niño, sobrealimentado y malnutrido, con huesos frágiles sobrecargados por 50 Kg más de lo que deberían estar soportando (ni la peor mochila del colegio). Enfermo. Muy enfermo. Con secuelas para toda su vida.
Hoy, los culpables me parecieron víctimas. Yo, que muchas veces me cuesta ver desde otro prisma, me encontré de bruces con “Mi primer veneno (la gran estafa de la alimentación infantil)”, y en lugar de sentirme furiosa contra esos padres descerebrados, sentí pena, un poco de vergüenza y culpa.
Somos el patio de juego de unos pocos que hacen con nosotros aquello que se les antoje con tal de enriquecerse. Y cuidado, que a lo mejor ya a ti no te importa, pero van directos a por nuestros hijos. Y esta revolución de la alimentación procesada tuvo su inicio hace ya más de 30 años. Se me antoja pensar si todo esto guardará relación con el diagnóstico cada vez más temprano de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares. Vete tú a saber (sí, hay algo de sarcasmo).
Si solo cuentas calorías, estás perdido. Cuenta nutrientes, y si no sabes, que alguien te los cuente.
Pero es que comer sano cuesta tanto… y no lo digo con sarcasmo, lo digo de verdad. Es más barato llegar a las calorías recomendadas diariamente ingiriendo bazofia, que elaborando platos con productos frescos con alto poder nutritivo.
Hoy supe de una ONG que se mueve por nosotros, porque no nos conviertan en sobrealimentados (un porrón de calorías) y malnutridos (sin nutrientes -aquello que necesitamos para que nuestro cuerpo funcione adecuadamente). Os dejo enlaces.
https://justiciaalimentaria.org/
https://youtu.be/I3L_0bF0RO0 (webinar Mi Primer Veneno (la gran estafa de la alimentación infantil).

