100º fragmento -Cualquier cambio tiene que empezar en nosotros

Antes de dormir a Carmen para sacarle el balón inflado con 500 ml de suero teñido para engañar a su estómago durante los últimos 12 meses, y hacerle creer que se acababa de dar el atracón de su vida, hablé con ella.

60 años y apenas podía moverse, no ya de la cama, sino en la cama. Había alcanzado tal volumen, con una densidad principalmente grasa, que sus rodillas y tobillos habían terminado por ceder, haciéndola inútil. Se había olvidado de poder deambular y su única opción para volver a ser bípeda era pasar por el quirófano de los traumatólogos para recambiarle sus inútiles y maltrechas articulaciones por costosas prótesis de rodilla. Una cirugía que recuerdo de mi época de estudiante con cierto estupor, porque se me asemejaba a cuando intentabas partir las alitas de pollo antes de comerlas, para exponer los platillos tibiliales e iniciar el cambio de piezas.

No pudo ser. Con ese peso ni podía operarse, ni las prótesis hubieran podido con tantos kilos.

Carmen ¿cree que ha perdido peso? -Pues no sé, yo creo que sí. Por supuesto que no ha podido pesarse. Para conseguir tener una idea de su peso hemos bajado al montacargas del sótano y la hemos pesado en su cama. Después una cama vacía, y a hacer la resta que nos de el peso de quien la ocupaba: 131 kilos. Parece que sí que ha adelgazado, Carmen, unos 30 Kg a pesar de no moverse. Y así parecen corroborarlo los faldones de piel sobrante en sus piernas, brazos y abdomen. Sin embargo ella, tumbada en decúbito supino, apenas puede respirar. 60 años que parecen 90.

“He pasado mucha hambre”, dice. “Esto no me ha quitado las ganas de comer. Espero que ahora, con la cirugía, se me quiten las ganas”. Parece que nadie le haya explicado que con una cirugía en la que se reduce el tamaño del estómago y, a lo peor, también tienen que optar por derivarle parte del intestino para quitarle metros de absorción, no se le quitarán las ganas de comer. O si se lo explicaron y ella entendió lo que más le convino, porque aun teniendo consultas en Nutrición y Dietética del hospital y seguimiento de dieta, ella me pregunta si puede mojar las galletas en la leche.

Se lo explico. Una cirugía muy importante, pero ella tiene que estar dispuesta a poner de su parte, porque los cirujanos aun no hacen magia. Me mira y solo le falta decir en voz alta: “¡Paparruchas!”

Los celadores lo pasan mal para pasar ese cuerpo casi inerte de la cama a la mesa de quirófano, donde por ambos lados rebosa parte de su cuerpo. La anestesista lo pasa mal para realizar una intubación de vía aérea difícil, donde apenas puede intuir donde está la faringe, con un cuello que se ha hecho uno con el tórax. Yo lo paso mal pinchando y desinflando el globo del estómago para luego poder sacarlo a través de cardias y esfínter esofágico superior. Ella se despierta y dice que le molesta la garganta (que menos).

Los celadores vuelven a tener que desplegar toda su artillería para devolverla a la cama, que también se queja.

A veces, muchas, esperamos que los cambios que nos incumben empiecen en zonas erróneas. Cualquier cambio, no solo el físico, cualquier cosa, debe empezar en nosotros, aunque nos valgamos de ayudas externas.

Se me ocurrió pensar, ahora que veo que casi todo guarda relación en esta vida, como si acabara de despertar a una realidad desconocida, como si estuviera en Pandora en el interior de un avatar y todo pareciera regirse por leyes sencillas, que todo empieza en nosotros.

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