134º fragmento -Sarcopenia, nuestro músculo se consume

A partir de los 30, el músculo tiende a disminuir.

Nuestra masa magra, aquella que forma parte de nuestro aparato locomotor, más evidente en unos que en otros, alcanza su mayor plenitud a finales de la década de los 20 para después empezar a desvanecerse, primero muy lentamente, y posteriormente, a partir de los 70, de una forma vertiginosa. Y ojo, esto ocurrirá a pesar de mantener una actividad física adecuada, pero sobre todo si no la tienes. Piensa con qué masa muscular quieres llegar a este punto de inflexión.

A pesar de empeñarnos en usar el peso y el índice de masa corporal (IMC, que relaciona nuestro peso con lo que medimos) como índices antropométricos principales para decidir si estamos en normopeso, sobrepeso, o cual es nuestro grado de obesidad, estos son muy insuficientes. Sirven para grandes estudios epidemiológicos donde es imposible llevar a cabo mediciones de porcentajes de grasa en cada uno de los individuos que conforman la muestra, pero no para un estudio individual y pormenorizado.

Un atleta con gran masa muscular puede tener un IMC que valorado de forma aislada nos puede hacer pensar que es obeso, y sin embargo en posible que su porcentaje graso no pase de un 10% (muy bajo). Al contrario, personas muy delgadas sin apenas masa muscular tendrán IMC que nos indicarán que están por debajo de su peso óptimo, a pesar de que su porcentaje graso pueda doblar o triplicar lo anterior.

Y es que nuestra composición corporal importa, y mucho.

El tejido magro es un tejido mucho más activo que la grasa, que es prácticamente inerte. No solo tiene como función ser el vehículo para conseguir el movimiento deseado, sino que además se encarga de almacenar una de las principales fuentes de energía que necesita nuestro organismo, la glucosa en forma de glucógeno. Este almacén, tan fácil de movilizar cuando lo necesitamos, es importantísimo en la homeostasis de nuestros niveles de glucosa en sangre. Cuanta más masa muscular, más capacidad para almacenar este tipo de sustrato, tan lejano a la grasa que se acumula en sitios incómodos (barriga principalmente para hombres; cadera y nalgas para las mujeres -también en barriga tras la menopausia) y que resulta casi imposible de movilizar una vez que se ha aposentado.

Y es que nuestro cuerpo es fundamentalmente ahorrador. Intenta no derrochar y guardar por si viene un periodo de escasez, y como en el mundo en el que por suerte nos ha tocado vivir es poco probable que tengamos un periodo de escasez, pues este territorio solo tenderá a crecer.

Otra ventaja de tener masa muscular es que tu metabolismo basal, aquello que gastas en reposo, es mayor cuanto más músculo tienes. Tu cuerpo es una especie de horno gastando calorías, y aunque pueda sonar a despilfarro, en parte te permitirá comer más calorías sin hacer uso de los depósitos adiposos. Esto explica en parte por qué dietas hipocalóricas que además no se acompañan de un ejercicio físico adecuado, consigan consumir nuestro músculo y disminuir así nuestro metabolismo basal, haciendo más fácil que volvamos a coger peso una vez que dejemos la dieta imposible de mantener, a costa de más porcentaje graso, un círculo vicioso que solo nos hará empeorar nuestra composición corporal.

Una última ventaja, que se me ocurre (hay más, seguro), si tienes un porcentaje magro adecuado estarás más preparado para sobrevivir a cualquier envite: enfermedad, infección, accidente… El hospital o la enfermedad te consumirá, pero partirás de un escalón mucho más alto.

Esta si que es la última: el músculo protege nuestras articulaciones, las mantiene estables, sin choques ni sobrecargas que aceleren su proceso de envejecimiento, evitando o retrasando la aparición de dolores y artrosis.

La sarcopenia, la pérdida de músculo, comenzará aunque nosotros nos queramos. Se investigan factores que intervengan en ello (hormonales, neurológicos, procesos inflamatorios crónicos…), pero lo que es seguro es, que si no lo usas, no lo necesitas.

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