Me pasa que tengo en mi memoria perfectamente grabados unos cuantos fotogramas de películas que vi en mi infancia, cuando seguramente apenas podía ni comprenderlas. Muchas de ellas recuerdo haberlas visto las noches de verano, cuando mis padres salían al porche, si había visita durante más tiempo, y yo me quedaba en el sofá viendo el largometraje de turno de TVE (supongo que mis hermanos estarían por ahí pululando, pero no los recuerdo).
“Alien, el octavo pasajero” y “La invasión de los ultracuerpos”, fueron dos de esas película. De otras, ni si quiera recuerdo el título, pero sí escenas que me impactaron.
En un futuro distópico ya no existían los alimentos como tal para ser almacenados en las cocinas. Tenía píldoras en frascos, y cuando añadían agua, aparecía un plato perfectamente preparado. Tal vez mis recuerdos no sean tan reales, sobre todo después de comprobar que no era Michael Kaine quien protagonizaba la película que me hizo que no pudiera dormir durante un buen tiempo sin mirar una y otra vez al lado de mi cama, por si algún cuerpo comenzaba a crecer para sustituirme. Era un joven Donald Sutherland, con un pelo rizado pelirrojo que le hizo parecerse al que ha sido el protagonista para mí desde mi niñez, hasta hace un momento que he mirado el IMDBb.
Lo de la pastilla me pareció horroroso. Creo que el sabor de los platos no estaba muy bien conseguido, y solo la apariencia te hacía recordar que en algún momento habías podido ingerir comida de verdad.
Hoy en un reportaje que no he podido terminar de ver hablaban de la cantidad de comida que tiramos diariamente. Aproximadamente el 40% de los alimentos acaban en la basura. ¡El 40%! Ahora cobra más sentido que mis padres quisieran que nos comiéramos todo lo que había en el plato, sin desperdiciar nada, comer de sobras, sacar del cocido más de tres días para alimentarnos…
Aunque se intentan implantar políticas para disminuir este despilfarro que debería hacer que se nos cayera la cara de vergüenza sobre todo al pensar en quien no tiene ni siguiera para una comida al día, resulta que el mayor desperdicio de comida, aunque no es para nada el único, se produce en nuestros hogares.
Se han realizado estudios para comprobar que la mayoría de nosotros negamos que tiremos comida a la basura, por lo menos no una cantidad significativa. Esto se saca de una encuesta. Posteriormente se realiza un estudio, investigación más detallada, sobre las prácticas del hogar en concreto para establecer esto con objetividad. Y no es que mintamos, es que no somos conscientes de la cantidad de productos que compramos, sobre todo frescos, que acaban en la basura. Leeré más sobre el tema porque me parece interesante que en esta ocasión sí podamos hacer cambios en nuestras rutinas en casa que disminuyan este desperdicio, y por consiguiente también repercuta en nuestro bolsillo, que tal y como se está poniendo la cosa, falta nos hace.
Por otro lado, no nos gusta consumir alimentos frescos que no tengan un aspecto apetecible (aunque estén riquísimos); el género que no se vende un día de mercado va directo a la basura, porque la mayoría no tienen cámaras frigoríficas para conservarlo; y si vas a un comedor escolar, un restaurante o a las cocinas del hospital…. ya ni te cuento.
Tengo una amiga que hace mil años que no veo que comenzó con un proyecto muy bonito para ayudar a hacer sostenible la restauración, con el objetivo de “residuo 0”: “Te lo sirvo verde”. Va enfocado a negocios de restauración, son asesores.
Nosotros nos tendremos que poner también manos a la obra para conseguirlo.
Un planeta que casi no puede alimentar a una población que continúa creciendo, necesita de cualquier ayuda que podamos darle. Todo cuenta.
Y es que no quiero que se haga realidad la pastilla trampantojo nutritiva.
Inicio

