No hay ninguna lotería que te regale tiempo.
Se aproxima la Navidad, por lo menos así lo parece por los anuncios de la lotería y la aparición de los dulces típicos en las estanterías de los supermercados. Yo no selo jugar a fuegos de azar, salvo alguna excepción en las que nos hemos juntado unos amigos y hemos dicho de echar una columna o comprar un número, pero en general, nada.
En Navidad es distinto. Mi madre nos regala uno; el del colegio; el de Mª Carmen para la asociación que trabaja con personas con parálisis cerebral; y puede que algún que otro compromiso más, más de los que me gustaría. En fin, si te toca, tampoco es que sea para retirarte y pensar en cambiar de vida, más bien es para vivir más desahogado o, si te descuidas, para ahogarte más, porque muchas veces la tendencia es a ajustarnos el cinturón un poco por encima de lo que tenemos.
Yo quiero que me toque tiempo. En realidad, no necesito más dinero, me gusta mi vida tal cual es, pero el tiempo es tan limitado para todo lo que quiero hacer…
Casi siempre consigo priorizar lo que puedo hacer y renunciar a lo que parece menos importante, pero en ocasiones, en las que he abierto demasiado la puerta para decir que sí a cualquier cosa que quiera entrar a formar parte del ajustado horario de mi día a día, la priorización llegó demasiado tarde, tan tarde, que ahora que están dentro, necesitan ser reordenadnos y sacarlos antes de que me de un infarto con tanto por hacer.
Nunca fui nocturna.
Siempre preferí levantarme bien temprano para que cuando llegaran las 12 del mediodía ya tuviera la sensación de haber avanzado muchísimo, aprovechado el día, y tener casi todas las horas por delante, como si fuera un desahogo.
En cambio, llegaba la noche y mis ojos irremediablemente se cerraba y mi cuerpo parecía dejar de funcionar pidiendo ir a la cama lo más pronto posible. Lo mínimo que he conseguido dormir encontrándome medianamente bien han sido 6 horas. Si son menos, siento que me arrastro, así que no hace falta ni decir que la época en la que las niñas se despertaban dos veces por la noche para mamar, yo iba durante el día tirando de un cuerpo que estaba totalmente desprovisto de cualquier tipo de energía, movido por la inercia. Las guardias de urgencias fueron una auténtica pesadilla. Las salidas de los fines de semana, más allá de la hora de la cena, no están hechas para mí, salvo alguna excepción.
Así que a mi tiempo le queda poco por donde estirarse.
Mis días tienen las mismas 24 horas que las de todos y hay cosas a las que no puedo renunciar. Mis hijas y lo que ellas necesiten, mi tiempo en familia (que al final siempre puede parecer poco, sobre todo cuando el trabajo que va más allá del horario laboral te atosiga para que encuentres un hueco en tu tiempo libre); mi trabajo en horario laboral más extras; mi tiempo para el deporte; mi tiempo para la casa…
Hay épocas en las que todo parece encajar perfectamente sin que eches de menos más o menos tiempo, todo fluye sin más. Hay otras en las que no sabes ni por donde empezar, y la sensación es de dejar todo a medias, inacabado, engrosando la lista de tareas pendientes.
De todas formas, igual que ajustaríamos nuestros gastos al dineral que nos tocase en la lotería, seguiríamos rellenando el tiempo que nos fuera concedido.

