Siempre me ha preocupado influenciar demasiado a mis hijas según mis preferencias, y sin embargo sé que en gran parte no lo puedo evitar. En lo general, hacer deporte en mi casa ya sabemos que es casi tan importante como respirar, y cada uno tira para lo que más conoce y ha mamado, en mi caso, después de 158 fragmentos, ya sobra decir que el atletismo es el rey.
Sin embargo, por encima de eso está conseguir que mis hijas sean felices y se emocionen con lo que hacen, que eso consiga engancharlas, que encuentren su sitio, donde derrochar su energía para vaciarse de todo y estar listas para absorber todo lo que venga.
Daniela parece que ya está colocada. Ella nació sabiendo correr y ese sigue siendo su sitio, sigue viendo en su futuro el atletismo, el mediofondo, como parte fundamental de su vida. Eso, para mí, es una victoria. Algo así como el que al final puede descansar tranquilo porque ya su hijo ha conseguido un buen trabajo.
Claudia es pequeña aun. Ella es multideporte, lo que quiera hacer, pero moverse. Aun no ha llegado su momento.
Ahora andábamos preocupados por Martina. Mi hermosa Martina, la mas soñadora de las tres. La menos interesada por la actividad física. En ella los esfuerzos fueron mayores. Cada año, cada semestre, hemos ido investigando que podría llenarle para que no le costara dejar un espacio para el deporte en su vida. Hemos pasado por gimnasia, pádel, tenis, natación, nos hemos quedado al menos dos días en semana con atletismo, y como nos sobraban días en la semana seguimos buscando.
“Prueba vóley” -No quiero. “¿Pero por qué no?, si te gusta jugar cuando vamos a la playa. Seguro que te diviertes y te gusta. Solo probar. No cuesta nada”. -Que me dejes (una y otra vez, un día y otro más). Alex llama a su amigo, que es entrenador de vóley, y él le dice que vaya tal día a probar, y que se quede allí, viéndola. El plan de pasar un sábado por la mañana con su padre, ella sola, le viene bien (aunque tenga que probar el deporte de la pelotita por encima de la red). Le encantó.
Buscamos horarios teniendo en cuenta todas nuestras tardes llenas con actividades, encajadas como piezas de tetris, y lo encontramos. OBV en el palacio de deportes de los Juegos del Mediterráneo.
Esta tarde la llevé yo y me quedé a verla. Iba con mi Ipad dispuesta a trabajar sentada en los cómodos asientos de la tribuna, pero cuando lo abrí, miré a la cancha, y decidí cerrarlo y seguir mirando como entrenaba. No sé cuantas veces me miró para recibir la recompensa de mi dedo pulgar encima, o una palmada, o una sonrisa, o para que yo me diera cuenta de lo que estaba disfrutando. Hoy me centré en verla disfrutar, y me sentí inmensamente feliz por haber sido tan insistente. No hay que tirar la toalla.
Termina, sube las escalera con su botella de agua vacía y chorreando de sudor. Ve a su tío Felipe, emocionada porque haya pasado a verla. “¿Necesitas algo para jugar al vóley?” le dice. -Nada. “Pues te compraré una pelota de vóley para que vayas practicando. ¿Cuando quieres que vayamos? -Ahora. “Pues venga, vamos”.
Y se fueron.
Y regresé sola a mi casa tan feliz.

