Acabo de perder la apuesta, porque hoy son más de las doce, y el día de ayer pasó sin fragmento (tal vez me lo perdone).
Hay días ajetreados, y otros… más ajetreados.
Hoy persigo, o perseguimos, a Daniela para verla en vivo y en directo en el Campeonato de España de clubes sub16, y es que si por mí fuera, no me perdería ni una de sus competiciones.
Hoy, mientras iba en el coche a trabajar, pensaba en cuánta gente, después de tener una experiencia vital (una enfermedad complicada que superan, una experiencia cercana a la muerte, la pérdida de un ser querido…) de repente dan a su vida un giro de 180 grados, haciendo cosas que jamás pensaron que fueran capaces de hacer. Mostrando un fortaleza y determinación que jamás se les hubiera supuesto a su yo anterior al evento desencadenante. Y sin embargo, es seguro, que la gran mayoría de la gente sobrevive en un devenir de acontecimientos diarios, a los que se han acostumbrado (o resignado), porque todas las maneras posibles de cambiar esa inercia que tanto se me viene a la cabeza (como en la canción de Izal), son inalcanzables e irrealizables.
Siempre hay un camino. Siempre aparecerán excusas.
Así que, la mayoría, seguirán, o seguiremos, caminando en la misma dirección, con el gasto justo de energía, o peor aun, perdiendo toda nuestra energía, para dar paso a una pereza que cada vez se hará más pesada e intensa. Habremos dejado entrar al viejo, o la vieja.
Tuve un profesor de psicología…, en realidad lo invitaron a dar una clase los jefes de departamento. Se había jubilado (no recuerdo de qué), pero su pasión siempre había sido la psique . Así que, conforme se acercaba la edad de jubilación, decidió estudiarla por la universidad a distancia, convirtiéndose en el hombre más feliz del mundo (o al menos eso decía). No recuerdo exactamente por qué lo eligieron a él para darnos esa clase, pero tenía que ver con la frustración que podía suponer la no concordancia de tu yo externo, con tu yo interior. Algo así como negarse a ver que los años iban pasando, y que de cierta forma, tanto física, como mentalmente, teníamos que ir adaptándonos a esos cambios con que la vejez iba impregnando nuestro cuerpo. Y si no, vendría la depresión.
Las expectativas de la vida, van cambiando con los años, y con los acontecimientos que nos van salpicando. No es raro que tengamos que redirigir nuestros pasos, cambiar objetivos, definir unos nuevos… Equivocarnos. Podemos equivocarnos y dar marcha atrás, y tirar por la calle que nos habíamos pasado. Como dice Mikel, no estamos hechos para seguir mucho más tiempo en la misma dirección, salvo unos pocos, que parece que nacieron sabiendo hacia donde debían caminar.
Y sin embargo, caminaremos en la misma dirección, salvo que ocurra algo que venga a despertarte de ese letargo, como un fuerte traqueteo desde los hombros que se extendiera por todo tu cuerpo, para hacerte levantar la cabeza y ver que siempre hay formas, solo hay que estar dispuestos a verlas.

