Los cumpleaños de las hijas, sobre todo el de las más pequeñas, son tan agotadores, o más, que el día de su nacimiento. Y eso que ahora contamos con colaboradoras de lujo (las mayores).
Yo me encargo de lo menos creativo (preparar las cosas de comer, dejar lista la casa, hacer la tarta…). Este año, prácticamente solo de hacer la tarta porque me ha tocado trabajar mucho los días previos (hecha a las 15.30 h mientras comía un trozo de pizza -hoy no hubo tiempo de dieta-). Pero la imaginación de las hermanas se dispara intentando fabricar un recuerdo inolvidable para la cumpleañera. Y es que no quieren fiestas prefabricadas de castillos coloridos o Better parks. Alguna vez lo probaron (todas han tenido alguna de esas fiestas), pero no quisieron repetir. Una vez probada la fiesta casera, no hay sitio para parques de bolas y sus aledaños. Así que lo que podría transcurrir en un ir, estar dos horas, y adiós muy good, se convierte en horas de preparación y atropellos de última hora.
Este año coincidieron guardias y viaje antes del día D, y casi todo quedó para la última hora, salvo lo que Martina ya iba preparando los días previos para realizar una búsqueda del tesoro temática Halloween por toda la casa; y el pasillo medio decorado estilo Stranger things, con altavoces escondidos para dar un ambiente lo más tétrico posible, las luces tapadas con celofán naranja, paredes forradas de bolsas de basura negra y artefactos horrendos comprados en el chino.
Así llevábamos con el pasillo tres días. Tres días apartando bolsas de basura cortadas a tiras para entrar en los dormitorios, y con Claudia avisando a su hermana para que fuera a hacer pipí con ella si se despertaba por la noche porque era incapaz de salir al pasillo para encontrarse de frente con el retrato antiguo que según lo miraras se convertía en monstruo llegado directamente desde el infierno.
No recuerdo haber tenido yo cumpleaños ni parecidos. Y sin embargo, mis cumpleaños eran mágicos. Los fuegos artificiales de la feria, yo los hacía míos, fruto de un recuerdo que no sé si es real: yo estoy mirando por la ventana de la cocina del piso en el que vivíamos, cuando aun no había cumplido los siete, al lado de mi madre, los cohetes llenando el cielo de lágrimas de colores. Yo realmente pensaba que eran por mi cumpleaños, tal vez mi madre alguna vez bromeara con eso, no lo sé (yo así lo recuerdo). Cosas de que tu cumpleaños coincida con la feria.
Mis hijas tienen cumpleaños inolvidables, en los que sus padres, y posteriormente sus hermanas, se lo han ido currado todo lo que han podido para que así sea. Y creo que siempre acabamos con la misma frase: Ya no más. Rendidos en el sofá, sin fuerzas ni para irnos a la cama.
Pero estoy segura de que repetiremos mientras ellas quieran que así sea.
Tal vez ese sea el mejor regalo que podamos hacerles, el recuerdo de ese día.
Claudia se acuesta exigiendo más, me mira, y me pregunta que si es que ya se ha acabado octubre, que se ha pasado muy rápido. Se pasa rápido porque lo estás pasando muy bien, porque eres feliz. Y me pregunta: ¿y para el que está triste?. Para ese pasa lento. “¿Cómo va a ser eso?, si es el mismo tiempo. ¿A ti cómo se te pasa octubre?” Rapidísimo, le digo. Tu octubre va lento comparado con el mío. Y ella me mira y me sonríe, cómplice, con sus dos hoyuelos.

