Me siento rara, y no como en aquel sketch de youtube donde dos vecinas se ponían al día de asuntos varios. La rareza aludía a la ausencia de dolor: a una de ellas no le dolía nada, y no encontraba explicación, así que se pasaban todo el rato buscando alguna parte del cuerpo que pudiera dolerle y terminaban atizándose un Lexatín, por si acaso.
Y aun no siendo eso, me siento rara casi de forma permanente si me paro a pensarlo; completamente normal y adaptada al medio si no le dedico un pensamiento. La suerte es que ya dejó de importarme y dejé de hacer esfuerzos por parecer más normal, esfuerzos que duraban poco, lo justo para darme cuenta de que por algún extraño motivo mi lugar parecía no estar donde estaba el de la mayoría. Y así, mientras las niñas despertaban a la adolescencia de quedar a tomar café o a salir los fines de semanas, o de simplemente estar juntas conversando sobre temas insustanciales… yo desperté a otra adolescencia donde si me gustaba algún niño apenas se enteraba nadie, mi mayor interés era sacar buenas notas sin preguntarme por qué, e ir a entrenar para conseguir estar en las siguientes competiciones y en las concentraciones organizadas por la federación. Salir los fines de semana era casi una obligación a la que de vez en cuando acudía para estar integrada en el resto de la sociedad adolescente.
Me aburro de forma soberana si hay que hablar sobre ropa y opinar del look que lleva fulanita; de los pendientes tan preciosos que portaba el otro día (de los que no me di ni cuenta); o de lo bien que lleva siempre el pelo menganita.
Mis temas de conversación están lejos de los que se hablan en los cafés entre amigas que quedan por la tarde, así que, sin pensarlo ni dos segundos, te lo cambio rápidamente por los 20 minutos de calentamiento a un ritmo que nos permite hablar sin ningún aspaviento de temas relacionados con competiciones, entrenamientos, cuestiones del trabajo (trabajos variados, sin ningún médico o médica con quien comentar algún caso o hablar sobre el sistema sanitario en el que nos movemos), y temas que nada tienen que ver con ir de compras para diseñar el próximo outfit para la cena de Navidad, maquillaje, uñas perfectas, ni decoración o reformas del hogar.
Dejé de llevar tacones imposibles y opté por modelos donde la comodidad ganara por goleada. Deportivas para casi todo y botas y botines planos. Aun así, algún día me verás con tacón, cada vez menos, y siempre llevaré el repuesto plano que me salve a la primera de cambio.
No puedo decir que odie la peluquería, sería imposible odiarla si conoces a Toñi (a la que soy fiel desde que me vine a vivir a este barrio), pero ir, lo que es ir, me cuesta horrores. Así que dejé de echarme tinte para pasar a disimular las canas con mechas que cada día me hacen estar más rubia, y con las que no me veo mal, y sobre todo porque me permiten retrasar la siguiente visita casi dos meses. No me verás llevar un pelo perfecto, ni unas ondas estudiadas. Soy más de coleta engurruñida tipo moño que me pillo en un plis, o de coger un bolígrafo para hacer un moño informal tipo francés.
Iría casi siempre con ropa deportiva, sobre todo ahora que es tan bonita, pero como eso aun me parece excesivo, me conformo con mi indumentaria, casi de uniforme, para ir a trabajar, donde vaqueros y jerséis ligeros que abriguen poco (todo me da calor) se llevan la palma.
El otro día me preguntabas si no quedo a tomar café con mis amigas, o para ir de compras, o para salir una noche…, definitivamente no, casi nunca. Me motiva bastante poco todo eso, y soy consiente de la rareza que supone para el resto, pero por suerte, no me produce ningún desazón.

