Daniela olvidó que corría por la tarde.
Nadie la hubiera apartado de ver a Martina durante toda la mañana. Desde las 11:50 (una hora antes para empezar a tomar contacto), con su hermana, recordándole cosas que ella le ha enseñado, sobre el peso, sobre el disco, sobre la actitud en pista. Se autoproclama entrenadora, y la verdad es que consigue hacerlo muy bien.
Daniela, ponte a la sombra, que esa tarde te toca a ti y no es bueno que pilles tanto sol. No te preocupes mamá, estoy activa, estoy bien, tú déjame. El peso está saliendo horrible, y ella llama a su hermana después de cada lanzamiento para tratar de animarla, de conseguir que se concentre, que recuerde lo aprendido y lo ponga en práctica. Demasiado nerviosa, dice. Así no puede lanzar. ¡Martina!, la llama. Piensa que estamos en el estadio de Almería, entrenando, olvídate de que estamos aquí. Venga, que tú puedes. Pero Martina, no puede desprenderse de la carga que le produce el nerviosismo incontrolable de estar en una competición. No es ella. Se ha hecho un bicho bola.
En el intercambio de pruebas le pido a Dani que me deje a mí hablar con ella, porque de alguna forma siento que como madre debo ejercer mi papel. Creo que lo consigo, con la ayuda de Alex. Y entra para hacer el disco.
Estamos apostados al lado de la jaula de lanzamiento viendo el calentamiento. Animándola.
Al rato, ¿hacemos un tik-tok mientras esperamos que lance? Y allí nos ponemos, Claudia y yo, a intentar encajar los pasos en esa aplicación del demonio. No está mal el resultado, a Daniela le gusta tanto que lo comparte. Hacemos un baile absurdo para animar y hacer reír a Martina. Y empieza a ser ella. Y Daniela le grita que todo está estupendo, que vamos, que puede remontar.
Daniela, ponte a la sombra. Mamá, ¿no me ves?, estoy perfecta, estoy activando. Y sigue a lo suyo, pendiente de su hermana, tan pendiente como lo estará hasta el final de la jornada, con el broche final de los 60 m.
Loyda y Pepe nos invitan a ir al apartamento que han alquilado a descansar y comer allí.
Comemos.
Daniela se duerme una siesta. Se despierta. Nerviosa. Todos los nervios que había dejado aparcados para ver y seguir a su hermana por la mañana aparecen de golpe. Comienzan los rituales inofensivos. Un café, aunque sea de esos fríos, para sentir que se despierta del todo. Vestirse, peinarse, colocarse el dorsal… A las 17 horas salimos para allá, ¿vale, mamá? Pues claro, lo que tu quieras. Y me recuerdo a mi con mis manías y mis taras en relación a la competición.
Caminamos solas hacia la pista para estar allí dos horas antes, para dar tiempo a que los nervios se vayan apaciguando, para saludar a sus rivales y amigas, para tomar contacto con el ambiente… y yo la miro desde corta distancia. Sonríe de forma permanente, saludando a diestro y siniestro, abrazándose a amigas que hace tiempo no ve, hablando sobre cómo correr, poniendo el oído por si escucha alguna estrategia de la rival… Ha empezado la fiesta para ella. Qué nerviosa estoy, dice. Y le pregunto si preferiría estar en casa. Para nada, si estuviera en casa estaría loca por estar aquí.
Y hablamos de cómo va a correr. Y le doy toda la confianza. ¿Tú has visto como entrenas?, aquí puede pasar cualquier cosa, pero tú puedes correr cualquier carrera, con cualquier planteamiento, porque estás top, y además lo sabes. Así que no te preocupes y disfruta, porque otra cosa no, pero sé que lo vas a dar todo, y eso es lo único que importa. Hace una respiración profunda que parece que la destensa para dirigirse a la cámara de llamadas.
Tras el disparo comienzan los gritos de sus hermanas en la grada. Se intensifican cuando a falta de 300 m comienza a cambiar de ritmo. Se hacen ensordecedores en la última recta que bien podría ser de una velocista.
Por un momento, los 5, estamos corriendo esos últimos metros juntos. Ella en el tartán, Alejandro, Martina y Claudia desde la grada en la recta final, yo desde la contrarrecta.
Llega a meta, sale de cámara de llamadas. Sigue sonriendo, tal y como empezó.

