Claudia me mira con ojos de picara que me traspasan y con media sonrisa me dice: “Siempre gano”. Tiene la cámara en sus manos, apuntando a la pista, con un objetivo que pesa más que ella.
Estamos en la grada de la pista cubierta de Antequera. Hoy es el turno de Martina, que compite en el campeonato de clubes por equipos. Mi mediana. Mi artista. Tan pendiente de su mundo interior y de sus preguntas trascendentales, que rara vez te contestará a la primera. Sentados, sin apenas espacio para movernos, que hoy compiten más de 20 equipos y las gradas se llenan, estamos el resto de la familia viendo las pruebas, animando, e intentando dilucidar en qué puesto van conforme avanza la mañana.
A las 7 de la mañana salíamos de Almería. Un sábado a las 7 de la mañana. Y no es el único. La historia se repite prácticamente todos los fines de semana desde octubre y ya no parará nada más que para las fiestas de Navidad (y prácticamente ni eso). A las 7 estábamos toda la familia subida en el coche para llegar a Antequera una hora antes de que Martina empezara a competir, habiendo parado antes en Loja para desayunar de camino.
A Alex y a mí las horas en la grada se nos pasan volando. A Daniela, que se erige como ayudante de entrenadores para guiar a los sub-12 en los calentamientos y cámaras de llamada, se le pasan como un suspiro. A Claudia, con sus recién cumplidos 7 años, se le hacen eternas, y sentada a mi lado, enganchada a mi espalda, tumbada a mis pies, o subida en mis muslos, me pregunta una y otra vez qué puedo hacer, porque a ella solo le interesan los menos de 11 segundos en los que la hermana con la que comparte habitación termina los 60 metros vallas, y los relevos que hará al final, y para lo que todavía queda una eternidad.
Jugamos al “pica pica, picachu”, al pulso de dedos pulgares, al “veo veo”, a las palabras polisémicas (ojiplática me quedo), a contar adivinanzas, a chistes… pero continúa insaciable, y al final, aunque me pida imposibles, siempre gana. Siempre cedo. Hoy cedo, estando en dos sitios al mismo tiempo. Prestando la atención mínima para poder continuar siguiendo la competición. Y la cabeza me va a estallar.
Y es que la vida con ella es un pulso permanente a pesar de que yo de forma serena le explique, le diga, la guíe… ella siempre querrá más o aquello que sabe que no puede ser. Y puede ser que con la última me queden menos fuerzas para esta lucha, o puede ser que no pueda prestar tanta atención porque ya la tengo repartida, pero quizás tenga razón. No siempre, pero muchas veces, gana. Y así como tengo la sensación de que los años, la vida, se me escapa entre los dedos de lo rápido que va, cuando la miro, a veces pienso, madre mía, ésta no crece. Y me río por dentro.
Martina mejora su marca en vallas casi por medio segundo sin apenas haberlas entrenado. Aún estamos eligiendo deporte. Aún estamos jugando a hacer deporte, a interiorizar la actividad física para siempre en nuestras vidas, en las suyas, como parte indispensable de un desarrollo saludable físico y mental. Y la competición forma parte de eso. La idea de compañerismo, de grupo, de respeto por el rival, de esforzarse al máximo, de mostrar todo lo que se ha aprendido previamente, el control de los nervios que afloran en la salida, la superación del miedo a no hacerlo bien… Competir las prepara para la vida también.
El relevo, la última prueba, en la que cada una dará una vuelta a la pista cubierta (200 m), es la más emocionante. Toda la grada animando, gritando, lamentándose cuando se cae un testigo o cuando un cambio no sale bien. Una caída fortuita, unos aplausos para animar a quien la tuvo, un uy final cuando parecía que finalmente no la iba a pillar, una medio decepción, una alegría… cuando finalizan, da igual el puesto. Las cuatro se abrazan y saludan a sus rivales.
Esto si que es una fiesta.
De vuelta a casa, tres cuerpos rotos duermen en la parte de atrás. El mío se mantiene despierto mientras conduzco de vuelta, y Alex, a mi lado, trabaja con su ordenador. No querría estar en otro sitio.

