323º fragmento – A menos de 50 metros, ella me pasó. Y fui tan feliz…

El murmullo se hizo visible, y le empujaba a ella, le hacía correr cada vez más rápido, porque habiendo creído que ya yo me escapaba, y no había marcha atrás, de repente sintió que sí podía, y que las voces que salían de las gargantas de amigos, compañeras y familiares, repartidos por cada curva y cada recta de la pista corta de Antequera, la impulsaban cada vez más fuerte y con más convicción en aquella última vuelta de apenas doscientos metros.

Si, apenas 200, porque ella, y yo contagiada por ella, nunca contamos la distancia exacta desde el punto de salida, o de pasada, porque una vez empezado, ya no están todos los metros, y siempre queda menos de lo que crees, y eso vale para tu mente y para que ella le diga a tu cuerpo que sí que puede, porque es menos de lo que creía.

En las series ya se va viendo.

Y aunque en la San Silvestre le gané yo, en una carrera de casi 6 Km con un ritmo más o menos mantenido con el permiso de las cuestas arriba, en los entrenamientos que compartimos de vez en cuando yo llevo tiempo viendo como se acerca a mí como un auténtico huracán. Los rodajes largos le cuestan un poco más que a mí, igual que los rodajes progresivos. También es verdad que veníamos de Sevilla, de tres días de concentración con la federación española donde ella había entrenado, mientras que yo me encontraba en mi semana de descarga. Entrenando menos. Recuperando el cuerpo. Asimilando entrenamientos. Y trabajando más.

También le había ganado en el 3000 del critérium de Nerja unos días antes, pero esta vez creo que fue por falta de convencimiento por su parte. Porque es muy distinto el sufrimiento de un 1000 al de un 3000. Porque cuando decides cambiar, con miedo, no sabes si te quedarán fuerzas suficientes para llegar al final.

Pero en el 1500, en su primer 1500, donde salió dubitativa y al mismo tiempo confiando en mí; donde yo miré en la salida que ella no tuviera problemas antes que estar pendiente de no ternerlos yo; donde supe que la llevaba detrás pegada, vigilando, atenta al momento en el que el sufrimiento se hiciera tan patente que hubiera que intentar pensar en otra cosa; en ese en el que los ánimos repartidos para las dos terminaron por hacerse uno solo en el que el deseo común, incluso el mío, era que ella lograra alcanzarme sin que yo me dejara… en ese 1500 que recordaré toda mi vida y que no sé cuantas veces habré visto después en mi móvil; en ese en el que en la última vuelta solamente escuchaba: “¡Daniela, pilla a tu madre!”; en ese, me rebasó en los últimos metros sin que yo pudiera hacer nada más de lo que hice para evitarlo.

Se veía venir en los entrenamientos.

Se ven los 31 años que nos separan en la forma de recuperar, en como asimilamos cargas (aunque aun sean distintas), en cómo afrontamos un entrenamiento difícil después de un duro día de trabajo…

Si me llegan a decir que algún día podría vivir algo semejante, jamás lo habría creído. El sueño de poder competir a este nivel con 46 años ni si quiera lo fue, no hubo tal sueño porque no entraba en ningún plan. Que pueda compartir competir a este nivel con mi hija mayor, y ver como me rebasa y va creciendo como atleta… ya me deja sin calificativos para poder expresar que es lo que siento.

Soy testigo de primera fila de cómo el deporte va modelando su carácter, su vida, sus elecciones, sus valores… y soy tan feliz al comprobar que todo es mejor de lo que jamás pensé…

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