Hace un frío que pela.
En donde hemos dejado el coche, no lo parecía, pero ha sido llegar a donde están los arcos de salida y de meta y las cintas medio rotas por el viento intentando delimitar el circuito de cross, y tener la sensación de que la temperatura hubiera bajado 10 grados por lo menos. Fiñana. 10 de la mañana. Mañana de cross.
Martina hace un rato que se despegó de nosotros. Yo pensaba que había ido corriendo a reunirse con el resto de sus amigas de atletismo, sobre las 11:30 correrá ella. Antes lo habrá hecho su hermana Claudia, que con sus siete años cumplidos en octubre, se empeña en emular a su hermana mayor, y un poco a su madre, llevando la misma mano tonta que las otras dos. Tampoco se cansa. No se queja por correr. Por ahora solo muestra cara de satisfacción cuando cruza una meta.
Martina no está con sus amigas.
Apartada, entre la gente que está de público y/o familia de los niños y niñas que van a correr en esta mañana rodeada de montañas nevadas, ella está a lo suyo, realizando un calentamiento un tanto anárquico, como enfadada, con rabia. La miro unos minutos e intento localizar al resto de sus compañeras. Ellas calientan juntas. Riéndose. Hacen sus ejercicios de técnica de carrera, un progresivo, se ríen y se gastan bromas.
Martina no sonríe. Tiene el gesto serio y lejos de estar concentrada parece estar en otro mundo.
Mi bicho bola. Hay que tener cuidado al acercarse a ella si quieres que te cuente algo. La que llena su mochila invisible de piedras, según su hermana Claudia. Me acerco y le pregunto, o más bien la invito a que se una a sus compañeras. Son sus amigas y las adora. Creo que ellas son en gran parte la razón de que siga estando en el atletismo a pesar de que el vóley hace ya tiempo que la enamoró.
No quiere unirse a ellas. Reconozco esos ojos tozudos inmensos que miran más allá de donde yo me encuentro mientras su boca me dice que la deje en paz, que ella está bien, y que no quiere irse con las demás.
Pero no está bien.
¿No quieres correr? Si quiero.
No te creo. Corres porque crees que a mí me haces feliz corriendo.
Calla.
No tienes que correr si no quieres. Esto es para divertirse, no para pasarlo mal. Hay otras muchas cosas que te gustan dentro del deporte y no a todo el mundo le tiene que gustar correr.
Calla.
Se le ponen brillantes los ojos, con las lágrimas ya pidiendo permiso para resbalar por sus mejillas.
No tienes que correr porque creas que a mi me gusta. No tienes que correr por creer que eso me complace. Tienes que hacerlo si tú quieres, y si es que no, no pasa nada. A otra cosa mariposa.
Me mira ahora quedándose en mis ojos. Ya no me traspasa. Sus palabras ahora salen con furia. Es que tú siempre me dices que corra, que es una carrerilla de nada, que vaya a mi ritmo, pero a mí no me gusta, mamá, no me gusta el fondo.
Me siento tan mal.
Siempre he tenido cuidado de no celebrar demasiado los logros de Daniela a pesar de que casi los viva como si fueran míos. Siempre he pensado que quiero que ellas busquen su camino, sus preferencias, sus gustos, que hagan las cosas por ellas mismas, y no por complacer ni a su padre ni a mí.
Mientras ella ha sido capaz de expresar lo que no se atrevía, yo me siento culpable de mi ceguera. Y la abrazo. Y ella no se deja. Y le hablo despacio para decirle que lo siento, que tal vez yo no fui justa con ella o que tal vez ella no fue clara conmigo, o tal vez, quien sabe, las dos cosas al mismo tiempo.
No vas a correr. Sí mamá, sí voy a correr. No, no vas a correr porque no quieres, y si tú no quieres, yo tampoco quiero. Descansa y dame un abrazo. Hay muchas otras cosas que nos hacen felices.
Por fin me abraza con todo su cuerpo y su alma, me mira y sonríe. Sus amigas se acercan. ¿Qué te pasa, Martina? Pues que no quiere correr, que a ella lo que le gusta es otra cosa. Solo eso.
La abrazan. Hacen piña. Sonríe. Sus amigas también.
Y yo, las abrazo a todas.

