Casi cuatro horas de entrenamiento en un día de entre semana…, ya me parecía bastante excesivo.
De forma puntual y repetida, en muchas ocasiones, he envidiado a quien era capaz de obsesionarse tanto con alguna cosa que le hiciera perder el sentido del tiempo, del espacio, del resto de ruido que le rodeaba… Esas personas que son capaces de abstraerse de todo lo demás para dedicar todos y cada uno de sus esfuerzos a mejorar en una dirección, sin tener más objetivo que ese, ser mejor en un campo tan reducido como un microuniverso.
Este microuniverso es sin duda mucho más grande para quien lo entiende y lo anhela.
Cuando yo acabé COU, creía haber adquirido un gran conocimiento que resultó ser nada en comparación a primero de medicina. Y este curso, resultó ser mucho menos en relación al resto de la carrera. Y ser médico, con ese título que no he llegado a enmarcar, tampoco fue nada en relación a todo lo que tuve que aprender para ser especialista en Digestivo. Y luego se desplegó el campo de la endoscopia. Y posteriormente el de la endoscopia biliar y pancreática… Los microuniversos se expanden tanto como queramos si el resto del espacio y tiempo no están ocupados por otros.
Yo tengo muchos microuniversos y jamás conseguí que ninguno de ellos se expandiera reduciendo el espacio que habían ocupado los demás, al menos no de forma permanente. A veces me habría gustado. Habría sido casi un alivio encontrar algo digno de toda mi energía, en lugar de ir repartiéndola con la sensación de que nunca he sido suficientemente buena en algo. Pero esa soy yo, la atleta de pruebas combinadas sin haber querido serlo, la aprendiz de casi todo y maestra de nada. Y poco a poco, por suerte para mí, conseguí no solo conformarme con eso, sino también sentirme muy satisfecha.
Cuatro horas son demasiadas horas entre semana, Martina. Que luego te agobias con los estudios, con las tareas… que hay que repartir el tiempo, que aunque me encante verte con esa obsesión casi enfermiza y necesaria para ser la mejor en algo (aunque garantías no haya nunca), aun estás creciendo y necesitas hacerlo en todas las facetas de la vida que ahora mismo se te presentan.
Martina encuentra un libro que le gusta y no dejará de leerlo hasta acabarlo. Estuvimos bromeando acerca de ponerle un control parental en el libro electrónico porque las horas leyendo podían pasar en su universo como minutos.
Martina descubrió la pértiga de forma casual, porque nadie quería hacerla en un campeonato de clubes, y ahora es incapaz de explicar por qué esta disciplina la atrapa abstrayéndola de todo lo demás.
El listón al fondo de su carrera, y ella con su pértiga, esa que se le queda pequeña demasiado rápido porque continuamente crece en destrezas, decisión y fuerza.
Martina concentrada en integrar todo lo que va aprendiendo. Sin prisa pero sin estar dispuesta a hacer ninguna pausa en ese camino que le encanta.
Martina buscándose la vida para hacer ejercicios gimnásticos y de fuerza que le permitan ser mejor pertiguista.
Martina viendo por novena vez el documental de Duplantis.
Martina con el póster de Katy Moon en frente y el segundo póster de Duplantis aun por colgar.
Martina queriendo ir a una Diamond League para ver saltar a los pertiguistas internacionales.
Martina encantada con el grupo con el que entrena, con el mantra “somos la puta élite” que se me hace raro escucharlo en una boca de 14 años, aunque lo haga con risa y vergüenza, mientras adopta una posición de forzudo de feria antigua.
Martina con los cinco sentidos puestos en aquello que le diga Antonio, porque sabe que “solo” necesita llevar a la práctica todas aquellas indicaciones que yo ya no entiendo, en un lenguaje que ella aprende como quien aprende una lengua extrajera.
Me fascina su obsesión.

