–AVISO: LEER DESPUÉS DEL 20º-
Él la esperaba en la puerta de llegadas con gesto serio. Ella aterrizaba después de haber pasado tres días en Londres por trabajo, cansada de curso y de inglés, pero feliz. Otra vez la misma historia. Simularía decepción porque las niñas no habían acompañado a su padre para recibirla, haciendo algún aspaviento para que quedara bien patente y visible, y ellas aguantarían para darle la sorpresa hasta que ya no pudieran más con la emoción. Entonces, saldrían de su escondite para abalanzarse a los brazos de su madre.
Pasa demasiado tiempo. Hay que ver estas niñas, cada vez aguantan más. Es que no han venido, dice él. ¿Y eso? Pues que iban con tu madre y… él se derrumba y empieza a llorar con respiración entrecortada que no le permite ni decir una palabra. ¡¿Dónde están las niñas?! Tras un momento eterno ella consigue entender que su hija de apenas tres años está en el hospital porque ha tenido una crisis comicial y luego fiebre. Ella siente alivio, por un segundo había imaginado que habían sido atropelladas saliendo de la guardería (que su madre no para con el carro para arriba y para abajo), así que cualquier otra opción es buena. ¡Ah! Tranquilo, seguro que son convulsiones febriles (ha sonado convincente, incluso para ella). Eso me dijeron al principio, pero al ir a darle de alta, movía el brazo raro, y han dicho que la tienen que estudiar. Ni siquiera ese apunte consigue despegarla de su idea: crisis comicial febril, me quedo con ella, es la mejor idea.
Como son esclavos de sus experiencias, piensan en la amiga del cole de su hija mayor, tanto tiempo padeciendo con un tumor cerebral…, es inevitable, sobre todo para él. Ya sabe que son cosas infrecuentes, porque su mujer se lo dice, pero existen.
Ella recuerda que llegó al hospital cargada de un falso optimismo, necesario para despreocupar a los demás. Besó por mil sitios a su hija adormilada por la dosis de caballo de diazepam. Aprovecha que sigue durmiendo para disfrazarse con la bata blanca y coger su tarjeta identificativa. Lo que no recuerda es que mientras contaba a sus compañeras lo que había pasado, sus ojos se fueron cargando hasta rebosar. Por un momento había dudado de su mejor idea.
Frente a la pantalla del TC, en silencio, mientras la cabeza de la niña, inmovilizada, es atravesada por los rayos X, con el corazón en un puño y sin esperar a que asome la radióloga de guardia, ve pasar las imágenes por encima del hombro del técnico de rayos, que comprueba que el estudio esté perfectamente realizado. No parece que haya nada anormal, ¿verdad? Ojos desesperados buscando una respuesta que solo llega cuando la radióloga estudia las imágenes.
Son las 4 de la mañana y ella comparte cama con su hija en la tercera planta. La quiere tener tan cerca que querría fusionarse con ella. Mamá, ¿cuando se despierta el sol?. Está agotada, pero es imposible dormir, y esas palabras le suenan a gloria. Dentro de poco, duérmete mi amor. Cinco minutos después. ¿Pero cuando se hace de día?. Pronto. Ya no durmieron más, porque no dejó de hablar con su media lengua.
Diagnóstico final: crisis comiciales febriles atípicas, probablemente le vuelva a pasar. Pueden mantenerse hasta los 5 años aproximadamente. La hermana mayor, con 6 años, escucha atenta y suspira: ¡Madre mía! ¿hasta los 5 años vamos a estar así? Ellos se miran aliviados y felices.

