23º fragmento -Cuando no controlas nada

Se pesó en la misma báscula de todos los días: 57, 0 Kg vestida con ropa de invierno. IMC: 19,72.

Hacía 4 meses que vivía en una residencia de seglares en Madrid. En realidad, era de las pocas opciones que había encontrado cuando en septiembre le comunicaron que había entrado en la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid, ya empezado el curso. Había aprovechado un viaje para competir en la copa nacional de clubes junior para buscar donde comenzar a vivir apenas una semana después. Antes tendría que anular la matrícula en Granada y prepararlo todo en casa. Se hacía emocionante y aterrador al mismo tiempo.

Nada salió como pensaba. Absolutamente nada.

Al llegar una semana tarde había perdido por completo una de las asignaturas iniciales, y los grupos de nuevos amigos estaban hechos. Ella, como chica nueva, provinciana, y perdida, llegaba a una clase que se asemejaba a un anfiteatro abarrotada de 240 almas dispuestas a darlo todo por ser médicos (bueno, no todos, que algunos no tardaron en darse cuenta de que aquello no era lo suyo).

Un domingo por la mañana sus padres la dejaron en Madrid, en una habitación con litera de un edificio viejo y sombrío remodelado por las javerianas en la calle Ferraz. Solo estaba a 45 minutos en bus (el 132) de la facultad, que salía desde Moncloa (hasta donde tenía que caminar unos 10 minutos antes de llegar y ponerse en fila en la marquesina). Su compañera de habitación, estudiante de periodismo y fumadora empedernida, se presentaría al mediodía con sus padres y su hermana pequeña. La invitaron a comer con ellos, y la tristeza y el vacío se hicieron más llevaderos.

Los días transcurrieron lentos. Trató de hacerse al cambio. Conoció a una chica que vivía cerca de ella e iba a la facultad, con la que tenía pocas cosas en común. Los días se hicieron fríos. Le salieron sabañones en las orejas y en las manos, estaba poco acostumbrada a caminar con temperaturas en torno a los 0ºC a las 7 de la mañana, o de vuelta a las 9 de la noche.

Las semanas pasaron acabando con sueños y con cualquier plan que ella hubiera hecho en el verano del 95.

Escribía todos los días.

Las vacaciones de Navidad vinieron como un soplo de aire fresco, pero también como una condena. Estar dos semanas en casa fueron suficientes para saber que no quería regresar a la gran ciudad, que no había allí nada por lo que ella pudiera desear volver. Y sin embargo regresó porque tenía un compromiso con sus padres y con ella misma.

Lloró todos los días, al principio en silencio, después ya no pudo ocultarlo. No se sentía dueña ni siquiera de ella, de sus acciones, no había nada que pudiera controlar. Así que, transformada en zombi, decidió tener el control sobre algo.

Eran las 18.45 h de un día de diario. Se vistió con la misma ropa que el día anterior. A las 19 horas llegaría a la farmacia donde se pesaría. Como todos los días. Había dejado de hacer deporte como lo hacía, y de repente le aterraba la idea de coger peso. Ahí había centrado toda su atención. En eso si podía tener el control, mientras sentía que el resto de su vida se le escapaba de las manos. Caminaba al frente, pero sin un ápice de emoción por nada de lo que hacía. Se movía por inercia, porque era una cuestión de deber, porque no iba a defraudar.

A las 23 horas de una fría noche de enero la llamaron por los altavoces de la residencia para que fuera a recepción. Bajó por las estrechas escaleras desgastadas con media luz. “¿pero que hacéis aquí?” Y lloró. Y los abrazó. Y recogió una mochila y los apuntes de bioquímica. Y durmió esa noche con su madre y su hermano de 11 años en un hotel de la Gran Vía.

Fue un empujón necesario y vital. Gracias mamá. Gracias papá.

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