En mi consulta de urgencias hay una camilla. Sobre ella, una mujer de más de 80 años totalmente abotargada, con el respaldo levantado para poder respirar. Las piernas hinchadas, como si fueran de elefante, donde se hunden mis dedos comprobando que hay edemas con fóvea allí donde quieras tocar. Apenas responde a mis preguntas. Apenas me mira cuando le hablo. No obtengo mucha más información del hijo que la acompaña y que dice haberla encontrado así en su casa tras tres días sin ir a verla.
Anasarca: Líquido que ha salido de sus vasos sanguíneos para irse a cualquier espacio que pueda ocupar.
No tengo historia previa. Año 2002, no tengo ni ordenador. Desconozco su tratamiento y nadie me lo sabe decir. Es mi primer paciente en mi primera guardia de urgencias como residente de primer año en una tarde en la que la gente ya no cabe en la sala de espera, mezclándose familiares y pacientes sin ninguna identificación. Asustada y desubicada. Más bien, aterrada. Todo el mundo a mi alrededor está con prisas, sin parar. Empecemos.
Mi llegada a Almería para hacer la residencia no fue por casualidad. Si algo tenía claro, era donde quería vivir, y no había nadie que pudiera hacerme cambiar de idea. Siete años en Madrid fueron suficientes, incluso de sobra, para comprobar que allí no estaba mi sitio. Así que una vez hecho el MIR hice un estudio de todas las posibles especialidades que podía hacer, y que me gustaran, que me permitieran regresar a mi tierra con olor a mar (porque como se vive aquí…). Escogí 3 posibles: Medicina Interna, Digestivo y Neurología. Digestivo ganó. Y no solo fue por encontrarme con Tere y con Trini en la mesa de sesiones de un minúsculo cuarto en las antiguas endoscopias, sino porque recordaba la pasión que mis profesores de la facultad me habían transmitido cuando rotaba por Digestivo en el Hospital Puerta de Hierro. Año 2002, no creo que fuéramos más de 20 residentes en el hospital (este año han entrado 80).
Recuerdo con horror las guardias en la puerta de urgencias. Cobrábamos un módulo de cinco, pero en verano era fácil tener 9 en el mes de agosto, cuando tenías que suplir las vacaciones de los compañeros. Así que las semanas pasaban sin apenas dormir, con un cansancio que no conseguías recuperar para la siguiente, y sin mucha vida fuera de aquel hospital que te acogía como un nuevo médico a quien formar a toda costa y lo más rápido posible. Y yo, super adaptable a lo que surgiera, sin querer dar un paso atrás nunca, dudé. Dudé de querer seguir ahí, de abandonar el atletismo para siempre, y de mi capacidad para ser médica.
Quizás siempre tuve demasiada prisa, o pensé que perdía algún tren (al menos aquel que se esperaba que cogiera).
Dejé de hacer atletismo cuando había conseguido mi mejor marca y estaba entre las primeras a nivel nacional entrenando solamente cuando tenía tiempo para hacerlo (no era mi prioridad). Siempre quedará el que habría pasado si hubiera puesto toda la carne en el asador. Es tan inevitable que este cruce de caminos lo repase de vez en cuando en mi mente… Por lo menos he conseguido que sea un recuerdo bonito.
Tal vez por todo esto ahora lo estoy disfrutando tanto. La segunda juventud atlética, dicen, de un talento innato para correr. No tengo proyección, dentro de poco estaré luchando por no empeorar demasiado en lugar de seguir mejorando, en breve daré paso a mi hija (tal vez sea capaz de entrenar a su ritmo el año que viene)… pero me hace sentir tan viva. Soy tan consciente de lo que hago y de lo que cuesta hacerlo, de la suerte que tengo…
Tengo un plan. O un sueño. Mi hija mayor y yo estamos fichadas por el mismo club. En dos años ella podrá competir en las mismas pruebas que yo. ¿Qué tal una foto juntas en la meta de un 800 m en un encuentro de la liga de clubes nacional de división de honor? Solo nos separan 31 años.
Esta foto, hace unas semanas, era con Naiara, 15 años de atleta con una garra que muchas quisieran. Una bicharraca con mucho futuro. Solo nos separan 29 años.

