Que la llegada de la placa de carbono a las zapatillas ha supuesto una auténtica revolución en cuanto al aumento del rendimiento de los corredores de élite es más que conocido. Lo que ocurre entre los que no somos élite pero nos gastamos los 300 € en los modelos que llevan aquellos a los que queremos emular, se desconoce. Siento decíroslo, pero no es comparable ni extrapolable el resultado de un estudio hecho en gente que va a 3 minutos el kilómetro (o menos), a otros que vamos a 4 minutos en el mejor de los casos (cada uno que se aplique el ritmo que corresponda).
Desde que asistí a una reunión técnica de mediofondo de la RFEA en Málaga en la que Juan del Campo miraba los pies de los jóvenes atletas para comprobar que allí había más carbono que en la Blume, escuchando sus palabras acerca de lo poco idóneo que era llevar esas zapatillas para realizar los entrenamientos, sobre todo teniendo en cuenta que nos encontrábamos delante de atletas aun en formación, me dio por pensar.
Me acordé de mis Múnich con aspecto semejante a una salchicha que comprábamos a muy buen precio y que nos duraban hasta que se les abriera un agujero por debajo del dedo gordo (o se nos quedaran pequeñas, lo que ocurriera antes).
Si buscas por el internet más accesible a la mayoría de los mortales, casi todo lo que encontrarás acerca de estas zapatillas serán bondades.
Dejé aquel pensamiento en barbecho, pero me quedé con la idea de que cuanto menos carbono para entrenar, mejor para mi hija, que su pie se está desarrollando, que tiene que adquirir fuerzas equilibradas en su pantorrilla que luego le ayuden a proteger tendones y ligamentos, y tener menos lesiones. Así que ella sigue con sus Nike Pegasus, y yo sigo viendo carbono en los pies de los jóvenes corredores que por alguna extraña razón siguen enganchados a esto de los kilómetros en el estadio al que voy a entrenar (me encanta tanta motivación intrínseca).
Yo uso las zapatillas que mejor me vayan. No uso carbono, no lo necesito, rara vez corro carrera en ruta y si lo hago suele ser con zapatillas voladoras, las ligeras de todas la vida, las Brooks Hyperion normalitas antiguas, que como las uso poco, pues ahí están para estas lides. Las de entrenamiento, las de todo, suelen ser News balance, o Brooks (las Gosht son las últimas), o cualquier otro modelo que me amortigüe algo, se adapte bien a mi pie estrecho, pero sin buscar una respuesta exagerada en la pisada.
Decía Hodgkinson, enorme corredora de 800, subcampeona olímpica con 19 años, que ella usa las Pegasus para entrenar, porque prefiere hacerlo sin tener ninguna ventaja, a lo espartano, pero sin meterse a hablar en nada de biomecánica. Además, hasta hace poco usó la DragonFly para las carreras en pista, y últimamente se lanzó a las Victory porque le habían dicho que podía mejorar más aun su marca.
El carbono, la placa de carbono incrustada en la media suela de las ansiadas zapatillas que parece que nos vayan a lanzar a una marca magnífica a la cual no tendríamos acceso de otra forma, ha demostrado mejorar el rendimiento de atletas que corren a una velocidad que nosotros no conseguiríamos ni en sueños. Esto, dicho de forma basta (no he estudiado biomecánica), ocurre básicamente porque el retorno de energía es mayor que con otra zapatilla, consiguiendo que la cadencia de nuestra zancada disminuya, aumentando el tiempo de vuelo y el impulso vertical…, pero en contrapartida (porque todo tiene su contra) aumentando la absorción de la energía en la mediasuela y disminuyéndola en los músculos y tendones del tobillo. Ya hay estudios publicados que empiezan a alertar sobre la posibilidad (todo hay que cogerlo con pinzas), de que aumente el riesgo de fractura de estrés del escafoides, un hueso no muy grande que se sitúa por delante del astrágalo, y que tiene una zona a la que no le llega mucha sangre que tiende a fracturarse si los sobrecargamos (fractura de estrés).
Me gusta cambiar de zapatillas, aunque sea un modelo distinto dentro de la misma marca. Así que, suelo tener dos o tres zapatillas en danza, y no tanto porque crea que así se recuperan mejor los materiales de los que están hechas, sino porque siento que cambia, aunque sea levemente, mi pisada, las zonas que se sobrecargan y por tanto, creo que estoy evitando lesiones. Todo muy poco científico, lo sé.
Mañana os cuento más sobre el carbono, que he empezado a tirar del hilo, y me he liado hasta con estudios publicados en la literatura anglosajona hace dos días.
Mientras tanto, el consejo de una curiosa no formada en biomecánica es que el carbono con cuidado y no siempre, y menos aun para los que tienen un cuerpo que aun se está formando.
(Gracias a Juan por haberme dado la hebra de la que tirar -@JdelCampoVecino).

