286º fragmento -Concierto de Harry en Düsseldorf

Casi 10 meses antes, compramos las entradas.

Una cola virtual en la que nunca parecíamos avanzar. Recordaba yo cuando había hecho cola en alguna tienda de música de Granada para comprar entradas para U2, mucho más sencillo y palpable.

Antes lo habíamos intentado con Coldplay. Imposible.

Harry salió a la venta en agosto de 2022, al mismo tiempo en varias ciudades de su gira europea “Love on tour”. Daniela se había puesto la alarma para no perderse el inicio de la cola en cuanto dieran el pistoletazo de salida, intentando primero que fuera Barcelona. Más cerca, en España. Pero esa cola no avanzaba, y decidió abrir la posibilidad de comprar las entradas en otras ciudades. Düsseldorf. ¿Qué te parece mamá? ¿Y por qué no? Yo había conocido un año antes a este muchacho por Sign of the Times, magnífica canción que me recordaba a David Bowie, y me había enamorado de cada una de las que componían su último álbum, Harry´s house.

El concierto pasó en un abrir y cerrar de ojos. Los teloneros, Wet leg, fueron preparando al público para lo que venía.

La compra de las entradas fue finalmente en la cola alemana, tras hacer unas cuentas por encima y ver que los billetes de vuelo más o menos nos salían al mismo precio que ir a Barcelona, y tras pensar que pasar unos días en Alemania bien podía convertirse en una aventura de madre e hija para poner broche y final al fin de curso, un inmejorable fin de curso, sin saber en aquel momento que nos iríamos justo después de que ella lograra subir al podio en el campeonato de España sub-16 en La Nucía.

El concierto, tan deseado como olvidado durante meses tras haber comprado las entradas, pasó en un suspiro. Y antes, había parecido que nunca llegaría el día.

Cantamos todas las canciones (yo, al menos, los estribillos), alucinamos con los atuendos de las niñas, con las pancartas que llevaban con mensajes para Harry las superfans, con aquella multitud de gente, padres con sus hijas, familias enteras, abuelos y abuelas… moviéndose, cantando, y alzando las manos al unísono, hermanados durante un par de horas, y mucho antes de que empezara el concierto, en un estadio con capacidad para 55.000 personas, totalmente abarrotado.

Escuchamos hablar en alemán, sin entender una palabra, pero también ruso, inglés, francés, español… y otros idiomas que no supimos identificar.

Recorrimos las calles de Düsseldorf y de Köln como si fuéramos una más de sus habitantes, evitando bicicletas, tranvías, patinetes y coches en pasos de peatones poco identificados. Nos subimos a su metro, tranvía, y tren. Paseamos escuchando músicos callejeros, comimos en sus cafés, en alguna de sus tabernas, en la entrada del supermercado… Salí una mañana a correr al lado del río, atravesando dos puentes distintos, parándome en cada uno de ellos para ver como se extendía toda la ciudad a ambos lados.

Mucha gente en la calle yendo de un lado al otro y sentada, comiendo a todas horas. Muchas bicicletas, grupos haciendo picnic a las orillas del Rin, mucho take away de sándwiches y bocadillos, de dulces y de cafés, mucho olor a especias…

En un sitio, nos cobraron la comida al peso. Íbamos eligiendo raciones de platos cocinados típicos alemanes, y nos iban pesando y anotando el precio de cada una de las porciones, preguntándonos si queríamos más. Pagar por lo que comes (11 euros entre las dos), mucho menos que aquel señor de al lado, dos veces más grande que nosotras, que se había hecho una auténtica montaña en el plato que llevaba sobre la bandeja.

Nos hablaban en aleman, contestábamos en inglés que no les entendíamos, que si hablaban inglés. Un poco, decían, cuando realmente le daban mil vueltas a nuestro B2.

Los tres días y medio se fueron mucho más rápido de lo deseado.

Y nos volvemos tan satisfechas, tan contentas de haber hecho este viaje que parecía que nunca llegaría y que ya se ha pasado…

Paseábamos por las calles con una botella de fanta vacía en la mano de Daniela, y un hombre, con aspecto de vivir en la calle, se acercó para pedírsela. 25 céntimos por el retorno de las botellas de plástico. Mendigos rebuscando en las papeleras y atentos a que te acabaras la bebida para recolectar su premio. Sin techo y con techo bebiendo por las calles, cerveza o copa en mano. A nosotras nos levantaron de una taberna porque Daniela era menor y no podía estar en un lugar donde vendían alcohol de alta graduación.

Lo mejor, este viaje madre e hija que jamás olvidaré. El concierto, espectacular. La aventura, de 10.

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