329º fragmento -El deporte es indispensable, independientemente del sexo.

-Después del coloquio de la presentación del libro “Corre, Atalanta”-

El coloquio tira por otros derroteros, se centra en las bondades del deporte, si es que las tiene, porque parece que hasta esa verdad omnipresente sea cuestionable.

Martina mira atenta desde la primera fila, probablemente tenga desconexiones temporales de este diálogo a dos en los que ella había imaginado a su madre batiéndose en duelo con la escritora. Su imaginación había convertido a su madre en un heroína que debía defender el deporte femenino, a capa y espada, y eso que a mí lo que me gusta defender es el deporte, porque el que este sea para todos y todas, independientemente de nuestro sexo, es algo tan evidente que ni si quiera creo que tenga que ser defendido.

El deporte, creado y hecho para los hombres, como tantas cosas en la vida que no fueran criar y cuidar, básicamente, es una herramienta fundamental del patriarcado, fuente de desigualdad y segregación sexual. A mí el corazón se me para después de haber leído algo similar, que no lo entrecomillo porque no tengo ganas en estos momentos de buscar la frase exacta en el libro. A Emilia, que me mira desde la segunda fila, se le pone bizca la mirada y simula que le da un parraque.

La desigualdad queda representada por una pobre jugadora de fútbol que jamás podrá saltar al campo en un equipo como el Barça, en primera división. Del Barça masculino, por supuesto. No la dejarán, porque somos, las mujeres, inferiores. Y el deporte se empeña en mostrar esta inferioridad. No lo digo yo, ¡líbreme quien sea!, lo dice Herminia.

Yo no soy inferior al hombre en cuestiones atléticas, soy distinta e incomparable con él, que no es lo mismo. La igualdad no consiste en coexistir en aquellos lugares en los que podamos competir en igualdad de condiciones, si es que hay que competir, sino en aceptar nuestras diferencias sin que ello menoscabe ninguno de nuestros derechos, en tener igualdad de oportunidades, y tener libre elección.

El deporte, entendido como actividad física reglada, es una de las fuentes de innumerables valores que siempre, en buenas manos, pueden ayudar al desarrollo físico, mental y social de un individuo, y por ende, de nuestra sociedad. Los mismos valores, en malas manos, se convierten en otra cosa. Todo lo bueno en malas manos puede pudrirse en un instante.

El deporte entró en mi vida incluso antes que mi razón, igual que lo hizo en la vida de mis tres hermanos varones. La única diferencia, es que hace 35 años a ningún padre se le ocurría apuntar a su hija a fútbol, porque ni siquiera había equipos para ellas, y tal vez ni siquiera se cuestionaba que aquello no estuviera bien. Mis tres hermanos cataron el fútbol, dos se quedaron un tiempo, y otro se agarró a una pértiga que lo elevó por encima de los 5 metros.

Hoy tenemos una selección española femenina campeona del mundo en un deporte predominantemente machista que acapara los medios de comunicación, los círculos políticos, y no digamos ya los monetarios.

El deporte puede que fuera pensado por y para los hombres en su inicio. No me sorprende. Poco se pensó desde siempre en la mujer. Pero con el esfuerzo de muchas, y muchos, las cosas van cambiando, quizás no todo lo rápido que deberían, pero sí de forma inevitable, porque ya nadie nos detiene, y ya no hay marcha atrás.

Los espacios que alguna vez nos fueron vetados van siendo conquistados.

El deporte, querida Herminia, no es fuente de desigualdad. Aquellos que nos dijeron que nosotras ballet, mientras ellos jugaban al fútbol, ya no tienen cabida en esta sociedad, porque ahora, tanto ellos como nosotras, podemos elegir. Antes tal vez también, pero no éramos ni tan conscientes, ni era tan fácil.

Yo, con 12 años gané un concurso de dibujo en Michelín. Había separación por edades y sexo. A él le dieron de regalo una pelota de baloncesto. Yo sostuve la muñeca que me tocó en suerte y me atreví a decirle al hombre de barba que me la dio que yo quería la pelota.

Él me miró extrañado. ¿Estás segura? Sí. Y me la cambió.

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