348º fragmento -Echar de menos trabajar menos

Claudia me había pedido pasta. “Pero, ¿cómo la quieres?” -“Pues con tomate, mamá” -“Pero tendrá que llevar algo de carne, ¿no?” y para mis adentros, yo pensando en la proteína, que la fibra está más difícil con esta tercera niña que he terminado siendo la más caprichosa y la que peor come, quien sabe si porque ya las fuerzas después de educar a dos y cumplir años van faltando, o porque te echas el alma a la espalda y tiras “palante”.

El caso es que no voy a hacer pasta. A mi madre le sobraron macarrones ayer y eso comerán ellas mañana. Hoy tengo una mañana de lunes por delante para aprovechar, y estoy entre un puchero de ternera y patatas, y las fajitas y guacamole caseros que les encanta. A Claudia no, ella comerá filete de pollo y arroz.

He arreglado mi armario, limpiado la cocina, recogido el salón, ido a entrenar a las 10 de la mañana, y me he dado la vuelta porque el Almería estaba entrenando y temen que copie sus jugadas y entrenamientos.

He ido a la tienda de Paquito, donde ahora me atienden sus hijas, a comprar género fresco. He vuelto a casa y he hecho la movilidad de cadera en el salón para que me de tiempo a llegar, correr mis 8 kilómetros a ritmo progresivamente mayor en el estadio a las 12 (ya no está el Almería), he vuelto, me he duchado, y he ido andando a recoger a Claudia, pasado por la farmacia y llegado a casa.

Suena la música. Empecé por el último álbum de Mikel Izal, pero ya apple music me va ofreciendo un repertorio de música indie española que de un tiempo a esta parte empiezo a diferenciar. Mientras, parto la cebolla, los pimientos, los rehogo, hago a la plancha el pollo, lo aparto, lo corto en tiras, lo mezclo todo y agregamos los polvos de las fajitas (casi caseras)… el guacamole, la ensalada de aguacate, cebolla y langostino cocido… Ya está.

Empiezan a entrar por la puerta los que faltan. La cara de Martina al ver lo que hay para comer es suficiente para alegrarme el día. Daniela es menos expresiva, y no lo dirá, pero también está satisfecha con el almuerzo.

No se han dado cuenta, pero la música sigue sonando un poco más baja mientras hablamos de cosas del instituto y del programa de anoche sobre las redes sociales. Daniela piensa que los que caen en eso es que no se enteran de nada. Yo le digo que le puede pasar a cualquiera, que las redes son peligrosas y hay que estar alerta no solo por uno mismo, sino también por sus amigos. Se revela como adolescente, como si fuéramos contra ella cuando en realidad hablamos de la población, del subgrupo de adolescentes al que pertenece y al que tímidamente va entrando también su hermana. La música sigue sonando, y de vez en cuando suena una cancíón de IZAL en la que Claudia reconoce al que canta su canción favorita, El Paraíso.

Se levantan, cada una a su tarea, y toda la tarea de la cocina para nosotros dos. Tal vez algún día salga de ellas fregar los platos, que el lavavajillas lleva roto ya ni se sabe y nos da pereza prescindir del mueble para tuppers en el que se ha convertido. Entre los dos terminamos mientras se hace el café que solo yo tomo en esta hora del día.

No sentí cansancio.

Dejamos a Claudia en vóley y aprovechamos para comprar algunas cosas de deporte que hacían falta y el resto del material de la papelería.

No necesité siesta.

Llegamos justos para hacer dos trenzas a Martina y salir a completar el entreno. Hoy pude dividirlo en dos.

Disfruté del día.

Lo llené de pequeñas cosas que me hicieron feliz.

Eché de menos mi reducción de jornada, cuando contaba con una mañana en semana para resetear y respirar profundo, y hacer cosas fuera de la prisa que ahora me apabulla e inmoviliza, que me deja sin saber por donde empezar o de que hilo tirar. El tiempo pasó a cámara lenta. Y lo eché tanto de menos…

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