“Mañana escribiré mis propósitos para el 2025” -dice mientras termina de arreglarse para ir a cenar en la última noche de este año que se pasó en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de que parece que haya pasado una eternidad desde aquella foto juntas en la salida del 1.500 de Ourense.
Daniela hace poco se quedó cuidando de su hermana mediana en casa mientras nosotros íbamos de cena con amigos que hacía tiempo que no veíamos. En su afán de no desaprovechar ni un segundo de esta vida que se queja se le pasa tan rápido, quedó con su amiga R para hacer un “vision board” del año 2025, desde un punto de vista deportivo, sobre todo.
Marcarse objetivos nos ayuda a navegar sin perdernos por los meses y años que de otra forma transcurrirían sin pena ni gloria. Eso pensamos ambas.
En mi cabeza, los objetivos para este nuevo año empezaron a tomar forma mucho antes de este mes de diciembre. Están los familiares, los profesionales, lo que tienen que ver con el bienestar cuerpo y mente… todo debe ir perfectamente coordinado para alcanzar ese equilibrio que nos hace felices, sobre el que tienes que ir regresando cada vez que notes que desvías el rumbo.
Está bien marcarse un camino, está bien tener una guía.
“¿Es que ya no corres? -me preguntaron, de hecho más de una vez y más de unas cuantas personas diferentes.
No he dejado de hacerlo, a pesar de todo.
Mi deporte es mi excusa para mantener mi cuerpo en forma. Es mi forma de mantener la disciplina para no quedarme sentada en el sofá, o delante del ordenador, o de la tele, o haciendo cualquier otra cosa que no exija un mínimo de esfuerzo físico.
Lo que más me ha costado este año es ir adaptando mi mente a que mi pretemporada no empezó tan bien como lo hicieron las anteriores. Aún así, seguí remando, y comienzo a ver los resultados. La sensación era de que mi cuerpo se había ido haciendo más perezoso. Me costaba rodar, me costaba ir rápido, me costaba saltar, arrancar… todo me costaba más de lo habitual a pesar de que las semanas se sucedieran una detrás de otra, siendo constante en lo que hacía, pero sin notar ningún progreso, ni en el estado de forma, ni en mis dolores varios.
Los dolores suelen reaparecer de forma cíclica a lo largo del año cuando bajamos un poco la intensidad del entrenamiento. Es como si al destensarse los músculos ya no mantuvieran las articulaciones con sus ligamentos en su sitio, ni los trayectos nerviosos libres de ser colapsados. La queja siempre aparece al inicio, y poco a poco, va desapareciendo, sobre todo si voy buscando la manera de volver al equilibrio.
Pero este año me ha costado más. Y al costarme más, la mente me jugaba malas pasadas y se apoyaba en el paso inexorable del tiempo para justificarlo todo. Porque ya van siendo 47, y aunque parezca que fue ayer, es probable que, si me pongo a echar cuentas, es el tiempo más largo que he estado entrenando de forma disciplinada e ininterrumpida en toda mi vida.
No desistí. Me convencí de que simplemente debía seguir sin prisa, aceptando lo que viniera. De hecho, ya no es hora de seguir mejorando, tal vez de no empeorar demasiado. Tú, sigue remando.
Y seguí remando ajustando lo que quería que fuera a lo que probablemente debería de ser. Sin angustia. Sin prisa. Pasito a pasito.
Sigo corriendo.
Sigo con la ilusión de volver a competir al mismo nivel que lo hice el año pasado, y ahora sí, con el convencimiento de que eso sí llegará. Y me hace feliz haber sido capaz de atravesar el desierto de una pretemporada que me decía todo lo contrario.
Ya no tengo tanto tiempo como un año atrás. Mi jornada laborar se amplió porque las metas profesionales también son importantes, y cada cosa tiene su momento y porque, a pesar de todo lo que pueda gustarme sentirme fuerte y poderosa en la pista, esto sigue siendo mi afición, mi antidepresivo natural, el apoyo fundamental para todo lo demás. No es el centro de mi universo, pero sí es tan importante como respirar.

