48º fragmento -Cuando le hice la colonoscopia a mi hermano

En casa de herrero, cuchillo de palo.

Y es que si en mis pacientes trato de aplicar las leyes que rigen la adecuada petición de las pruebas complementarias, entre mis familiares soy mucho más estricta, y no dejo que sus miedos por experiencias cercanas me hagan actuar de forma incorrecta. Les explico, les recomiendo, los eludo, huyo si es necesario… hasta que ya no pude evitarlo más y tuve que hacerle una colonoscopia para diagnosticar unas hemorroides que yo ya intuía de lejos.

Mi hermano, cumpliendo de forma estricta las recomendaciones para una preparación colónica excelente que pretendía alcanzar el tan ansiado 3-3-3 de la Escala de Boston (paredes colónicas brillantes, caca cero). Nada de vegetales, fibra, comidas grasas, chocolate… todo apuntado y leído varias veces para hacerlo a la perfección.

“¿Los sobres estos, me los puedo tomar con Aquarius?” Por supuesto. Y si acabas unas cuatro horas antes de la prueba mejor. Ajustó al milímetro la toma de los sobres sin importarle si dormía o no (creo que se quedaba dormido entre toma). La prueba era a las 8.30 am.

Lo recogí por la mañana bien temprano y lo llevé a la puerta principal para hacer el ingreso. Lo dejé en el hospital de día médico y me fui a la sesión clínica de mi servicio. Regresé. Ya estaba todo listo.

Hemorroides, como yo decía, pero bueno, vamos a seguir, ya que ha hecho el esfuerzo de prepararse. Veo el ciego de lejos: perfecto. Una colonoscopia difícil de terminar, demasiadas curvas, pero me empeño en hacer la intubación cecal (chocarme con el final -que en realidad es el inicio del colon-, ver el orificio apendicular).

Mi hermano tiene un pólipo enorme escondido tras la válvula ileocecal. La sangre me sube desde el corazón a la cabeza por detrás de las orejas mucho más caliente de lo que hasta hace un segundo estaba circulando por el resto de mi cuerpo. Trago saliva. No se deja ver bien, se esconde. Las curvas que me han dificultado llegar hasta allí rectificada (como nos gusta para poder trabajar bien), me sacan una y otra vez el endoscopio al ángulo hepático sin que pueda hacer mucho por evitarlo. Vuelta a empezar (una y otra vez). Ya no tengo saliva, me concentro, y dejo de hablar. El ambiente ha dejado de ser relajado. Tras casi una hora y media de exploración ha sido imposible quitárselo entero. “Another day, better day” (mejor otro día), es la alarma que suena en mi cabeza cuando las cosas se ponen difíciles y es mejor parar a tiempo.

Volveré a hacerle la colonoscopia en unas semanas. Se la haré yo. Ya no me subirá el calor del primer día. Ya sé lo que hay. Le quitaré fácilmente lo que me queda con la técnica “under-water”, y sangrará… tardaré unos 30 minutos en parar el sangrado para poder terminar. ¿30?, tal vez más, de tensión en los que el resto del equipo confía en mí, porque yo lo hago, porque según Angui, tengo un “cuajo” que no veas. Quedará perfecto para revisarlo en 3 meses.

Tercera vez que se tiene que tomar los sobres. Esta vez se ha relajado en la preparación, porque me encuentro semillas y restos vegetales antes de llegar a la cicatriz donde aun queda algún resto de pólipo con el que acabo en “cero coma”. Nos vemos en 6 meses. Desayunando se marea y mi madre me llama por teléfono asustada. Se le pasa con un zumo de naranja.

Yo no gano para sustos.

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