47º fragmento -Un ovni en Cabo de Gata: verano del 87

La pandemia trajo alguna cosa impensablemente buena: el Cabo se quedó casi vacío. Y lo aprovechamos. Me acordé del verano del 87.

El verano del año en el que cumplía 10 años permanecerá siempre grabado en mi recuerdo, como el de las mejores vacaciones del mundo. Seguramente mis recuerdos se habrán ido transformando con el paso del tiempo, pero lo esencial ha permanecido, y el sentimiento de felicidad cada vez que alguna imagen de ese verano acude a mi mente, también.

Diez años, con mis dos manos abiertas y mostrándolas a la cámara con la que mi padre me hacía una foto con la tienda de campaña de fondo (nuestra casa durante 15 días) en la playa de las salinas de Cabo de Gata. Una playa salvaje, con arena compuesta de pequeños fragmentos de conchas que en seguida se despegaban de la piel; con aguas cristalinas que podían pasar de ser una balsa los días posteriores a un levante intenso a transformarse en el mejor de los parques acuáticos cuando el poniente soplaba y la mar embravecía con olas que nos engullían, nos revolcaban y nos escupían. Y no conocíamos el miedo.

Rodrigo, con 5 años, se quitó la ropa el primero para ir directo a tirarse de cabeza sin comprobar que el poniente había dejado expuestas las lascas del fondo. Unos cuantos puntos se llevó en la cabeza (una de tantas cicatrices que presiden una cabeza que no descansa, ni si quiera ahora, 35 años después).

Mi hermano Arturo, con apenas 2 años, paseaba como un auténtico indígena rubio como Dios lo trajo al mundo, dueño de todo lo que alcanzaba la vista.

Felipe y yo, persiguiendo como patos a nuestro padre, sin aletas, equipados con unas gafas y un tubo para adentrarnos lo suficiente como para encontrar nuestro tesoro particular: decenas de almejas hundidas en la arena gris mostrando solamente los dos orificios que brillaban a la luz del sol que llegaban a la profundidad. Nosotros bajábamos una y otra vez a pulmón, con la vista puesta en esos puntos brillantes que se cerrarían intentando escapar en el momento justo en el que hundiéramos nuestras manos para cogerlas y depositarlas en la bolsa de red que mi padre llevaba atada a su bañador.

Mi madre esperando en la orilla. Preocupada. Pero es que si encontrábamos muchas almejas, no podíamos parar hasta que nuestros cuerpos comenzaran a temblar del frío, enteleridos (como diría mi madre). Intentábamos aguantar al máximo, pero mi padre siempre ganaba y nos hacía un gesto para que saliéramos (habría pasado casi una hora), mientras él observaba como poco a poco alcanzábamos la orilla. Los días de resaca apenas nos movíamos del sitio cuando nadábamos intentando salir. Entonces mi padre venía con nosotros, buscando la corriente que nos llevara fuera, aunque para ello tuviéramos que salir a más de 500 m de donde estaba nuestra sombrilla.

Nos encantaba salir lejos. Paseábamos orgulloso nuestro premio mientras entrábamos en calor bajo el sol de agosto, y desparecía el castañeteo de los dientes. Se nos acercaban los bañistas, domingueros, aquellos que invadían los fines de semana la que era nuestra playa, para ver nuestra bolsa llena de almejas.

Noches de hogueras; de jugar al dominó; de frío frente a la orilla: de mosquitos desafiados por nuestros cuerpos impregnados de Autan; de dormir en colchones inflables que por la mañana transformábamos en balsas cuando nos dejaban; de inventar bailes al son de la música de Madonna; de secarnos bien después del último baño para que la sal no quedara en nuestra piel; de comer pipas hasta que el daño no pudiera ser reparado por todo el agua del mundo; de conseguir bajar más de 5 metros para coger una “cañailla” en los “argueles” (¿se dice así, papá?), de coger chumbos y llenarme las manos de espinas… Y no necesitábamos más.

Y no había duchas, ni baños, ni chiringuitos cerca, ni nadie venía a levantarnos la tienda, ni nos prohibían subir a las torres de los socorristas que nadie usaba, y limpiábamos la playa todos los días.

Y el último día vimos un ovni. Todos. Lo prometo. Pasó sobre nuestras cabezas.

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