Me mira desde el otro lado de la mesa. Creo que no me escucha. “¿Qué quiere, el abono trimestral o semestral?”
He llegado a Sevilla a las 8.30 en el avión y ya hace calor. Solo estaré hasta esta noche, lo justo para acudir a un curso de capacitación de uso de una prótesis de características especiales en indicaciones menos frecuentes que empieza después de comer. Así que tengo tiempo.
Durante el viaje he ido organizando al dedillo la mañana. Abro las tareas pendientes -en mi cabeza-: desayunar (que me muero de hambre); entrenar (la pista de San Pablo queda cerca del hotel donde será el curso; con suerte, encontrar un vestido para la boda de mi hermano; comer; curso; vuelta a Almería.
Llevo una maleta amarilla chillón ideal para identificarla entre todas las maletas negras que dejan a los pies del avión. No me gusta viajar en avión, prefiero el tren. Incluso en esta ocasión habría preferido el coche, pero al menos podré ir trabajando con el ordenador durante el viaje y la estancia en la terminal. Podría haber viajado solamente con el bolso, total, solo son unas horas, pero la maleta me permite ocultar mi mochila rosa de deporte, cargada de todo lo necesario para llevar a cabo el entrenamiento y luego ducharme.
En la consigna del hotel donde se celebra el curso abro la maleta y saco la mochila ya preparada para dirigirme andando (15-20 minutos) a las pistas de San Pablo. De camino, desayuno.
“No hay ticket de acceso a las pistas para un único día”. Y no admite réplica. “Tendrá que sacar usted un abono trimestral o semestral para poder entrar” Ya, pero es que solo quiero entrar una hora y media, esta mañana. Ya no volveré más. El hombre, con muy poco aguante y capacidad de decisión, se levanta de su silla y me dirige a un despacho con dos mesas. En una, una mujer de mi edad pero con aspecto de muchos más años, habla por teléfono con una amiga. La otra mesa está vacía. “Espere aquí y le explica usted su problema”. Me quedo en la puerta. La mujer me mira y continua hablando como si no hubiera nadie. Cuando ya ha terminado de ponerse al día con su amiga me atiende. No me puede ayudar, eso lo lleva su compañero (el que no está) y no sabe cuando volverá. Me dirijo al primer tipo, que sigue enfadado conmigo por mi insistencia.
“¿Cuanto vale el abono semestral?” 5 euros. “Deme uno”. Si lo llego a saber ni le discuto, me lo compro y ya está. 10 minutos para hacer los trámites. “¿Cuando quiere entrenar?” Me irrita la pregunta porque ya debería saber la respuesta. Ahora. “Voy a ver si hay plazas”. La pista estaba vacía cuando he llegado. Trastea el ordenador. “¿A las 11.30 le va bien?”. Son las 11.15. Si se da prisa y me da tiempo a entrar a esa hora sí, pienso. “Me va perfecto”. Otros 5 minutos después ya tengo mi ticket y puedo entrar a una pista vacía, con un calor terrible, después de haber pasado por el vestuario que se cae a pedazos para cambiarme. Segundo objetivo cumplido. Entreno sacado. Ducha.
La mañana termina de ser provechosa, casi habría sido de diez de no haber sido porque el vestido no estaba de mi talla y he tenido que reservarlo en Granada (donde tengo que ir la semana siguiente para coger el AVE que me llevará a la liga de clubes en Zaragoza -segundo encuentro de la liga nacional de división de honor-).
Almuerzo con los responsables del curso. Café. Un buen café, por favor, que me he levantado a las 5.45.
Curso intercentros por videoconferencia online con los endoscopistas más importantes del panorama nacional e internacional; con aclaración de muchas dudas y aparición de otras tantas. Con la posibilidad de ver cómo trabajan en otros centros, de saber que les surgen las mismas dudas y problemas… Enriquecedor. Se alarga más de la cuenta y yo tenido que pedir un taxi que me lleve al Aeropuerto aunque no quiera despegarme de la mesa en la que estoy sentada. Me perderé la cena. El post. El momento más distendido en el que sigues aclarando dudas y alimentando otras. Trabajo al día siguiente, así que no puedo elegir.


Me está encantando , estoy súper enganchada , está de 10