“Tomo la pastilla de los nervios por la mañana, la de la depresión al medio día y la de dormir por la noche, que esa es que ya no me hace ni efecto, ni aunque me tome dos”.
La mitad de mis pacientes, aquellos que están medianamente sanos, a los que les voy a hacer una endoscopia porque les duele el lado izquierdo (“a ver si van a ser divertículos, que a mi vecina le pasaba lo mismo y se los han sacado ahora”) o porque creen que sus deposiciones no son suficientes (“en comparación a mi marido, es que yo no voy al baño -¿desde cuando?- Pues de toda la vida ha sido así), o porque se les hincha la barriga coman lo que coman (sobre todo por la tarde, desde hace años), más de la mitad de estos, viven entre antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos.
Salas de colonoscopias llenas de usuarios con indicaciones que cualquier guía clínica te respaldaría para darles una palmadita en la espalda y no someterlos a la tortura de la preparación colónica primero, y de la colonoscopia y sus riesgos correspondientes (perforación, sangrado, aspiraciones en relación a la sedación, alteraciones cardiovasculares…), pero cuya persistencia en el tiempo y en las consultas de primaria no nos deja otra salida aunque estemos prácticamente seguros de que no vamos a encontrar nada que satisfaga las expectativas del que se planta en la consulta exigiendo una como si fuera un café.
Y es que lo he intentado. Me cuentas tus síntomas y yo te digo que no es necesario hacerte la exploración. Insistes. Te lo vuelvo a explicar. “Podemos hacer algo menos agresivo antes de llegar a la colonoscopia. Un test de sangre oculta en heces, por ejemplo”. Aceptas y te lo haces. Vuelves a la consulta a por lo resultados. “Todo bien, negativos, puedes estar tranquilo (o tranquila)”. “Ya, pero es que un amigo tenía lo mismo que yo y le sacaron un cáncer”. Hombre, lo mismo, lo mismo, no sería. Pero ya da igual. De la misma manera que nosotros, los médicos, seremos en algún momento esclavos de nuestras experiencias y no habrá guía clínica ni recomendaciones basadas en la mayor evidencia científica posible que nos convenza de lo contrario, quien vino a mi consulta a por una colonoscopia, dará igual las vueltas que yo le de y lo mucho que le justifique mi decisión. No parará hasta tener la petición hecha. Habré gastado saliva, tiempo, y esperanza.
El 80% de las colonoscopias, o más, no tendrán hallazgos relevantes. Sin embargo, si habrán ayudado a engrosar la lista de espera, en donde también estarán perdidos aquellos que sí cumplen todos los criterios, o al menos alguno, para indicarles tal exploración.
La pandemia supuso un parón en nuestra actividad, y trajo la necesidad de priorizar de forma masiva las colonoscopias que quedaban en el limbo de la incertidumbre cuando aun no sabíamos cuando podríamos retornar a la actividad de forma normal (cuando pasamos de hacer unas 50 endoscopias diarias, a no más de 10 por las restricciones que acompañaron inicialmente al covid). En las consultas solamente iban aquellos que parecían necesitarlo de verdad, igual que por urgencias cuando hace un domingo de playa que no se puede aguantar o hay partido de fútbol importante (aunque otros muchos seguramente se quedaron con miedo en casa o no tuvieron acceso a la medicina a pesar de necesitarlo).
Tenemos que encontrar un equilibrio donde no se escape nadie (o al menos casi nadie) con algo importante, pero no a costa de realizar miles de endoscopias banales. Y es tan difícil cuando hay tantas población ansiosa, deprimida, con dificultad para conciliar el sueño y temerosa de cualquier enfermedad…

