“Es poco probable que puedas correr por debajo de 2:20”. La verdad es que me quedé un poco planchada cuando escuché esas palabras de un entrenador al que admiro.
Sobre todo, porque después de haber conseguido correr el 400 ml en 1:03.6 con apenas 4 meses de entrenamiento cuando mi hija pequeña tenía 1 año recién cumplido, y 2:27 en el 800, pensé que cuando mi cuerpo se fuera adaptando y haciéndose más fuerte, la mejoría sería increíble. Además, resulta bastante difícil hacerse a la idea de que tus músculos, articulaciones y tendones ya no son los de los 20, y crees que si antes corriste a 2:07, que menos que bajar de 2:20. Pero nada. Los dolores iniciales que parecían que jamás se irían habían desaparecido o al menos se habían amortiguado; yo cumplía con los entrenamientos, salvo en caso de guardia; cuidaba comer sano; y descansaba lo que podía.
Quería correr 800. Era lo que siempre había querido correr. Me encanta esa distancia. Me parece de las más complicada, el decatlón de la resistencia. Sé, y sabía, que por edad debería pensar en distancias más largas, donde la fuerza y la velocidad no tuvieran tanto protagonismo. Pero yo quería el 800, porque ahora corro para divertirme.
Así que como quería y sentía que podía seguir mejorando, pensé en cambiar de tipo de entrenamientos. Y me busqué otro entrenador.
Un 800 se puede preparar de mil formas distintas. Aquí entra el arte del que te entrena. Una radiografía inicial acerca de las cualidades más destacadas que tienes y de las que están más frágiles y tienes que desarrollar (esto se va viendo con el tiempo). Un compromiso con varios aliados: no saltarse un entrenamiento (salvo causa mayor); comer bien, de acuerdo a las exigencias, evitando comida no saludable, vigilando los hidratos que más te puedan favorecer; descansar -lo que se pueda-; descumplir años (eso no se puede); escuchar a tu cuerpo antes de que grite y sea demasiado tarde (cuidado con sobrecargas y anemia); saber que habrá periodos en que el cansancio no te permita cumplir de la manera que esperas; y mantener el foco (lo más difícil).
Todo va saliendo si tienes en mente por qué y para qué lo haces. Al principio lo hacía porque quería bajar de 2:20. Ahora que ya he bajado de 2:10, lo hago por tantos motivos que no cabrían en este fragmento: mi salud mental (es desestresante natural); la sensación de poder correr rápido empujando el tartán; mi bienestar físico (jamás habría pensado poder sentirme tan fuerte al salir corriendo para cruzar un semáforo que se pone en rojo); la posibilidad de relacionarme con gente afín a mí; conocer a gente joven con las mismas dudas y emociones que yo tenía con 20; servir de nexo entre mi hija y la élite de este deporte (entrenadores, atletas, representantes…); aprender sobre cómo entrenar; la adrenalina; la sensación de que soy capaz de casi cualquier cosa; acudir a mítines de atletismo en los que compito con atletas internacionales y olímpicos; estar en campeonatos de España absolutos en lo que soy la atleta más veterana (la menos joven); ser ejemplo de que querer es poder; sentir esa sensación maravillosa de formar parte de un equipo en las ligas de clubes; poder aportar mi experiencia a quien la quiera; poder ponerme la ropa de faena sin ningún complejo…
Corro 800 porque puedo hacerlo a una velocidad que me motiva y me hace sentir libre. La prueba más difícil. Tal vez comience a flirtear con el 1500. Para mí era impensable estar a tan solo 1 segundo y 8 décimas de mi mejor marca de siempre. Tengo tanto que agradecer.

