Mi amiga Mª Carmen, ya famosa en estos fragmentos, pensó que me vendría bien que me regalara un bestseller americano que ella había intentado leerse sin éxito y que yo deseché por completo de mi lista de lectura nocturna nada más ver la portada y leer el título: “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Libro de tapas blandas, con portada que hace daño nada más mirarla, que quedó durante años aparcado en mi estantería acristalada del IKEA. Creo que estaba a punto de nacer Claudia (o puede que incluso antes).
En algún momento de pérdida de sentido de todo lo que estaba haciendo en mi vida, y sensación de ahogo, falta de tiempo y descontrol, y de no saber que rumbo quería tomar, decidí abrirlo a pesar de que la portada seguía invitando a sacarlo de la estantería para depositarlo directamente en el cubo de la basura. ¿Altamente efectiva yo? Quizás el libro me enseñara a serlo. Haría el esfuerzo.
Terminé recomendándoselo a mi hermano y teniéndolo de libro de consulta en mi mesita de noche.
Mª Carmen se arrepintió de que finalmente lo leyera. Entré en una época de hiperactividad (más de lo normal) en la que nada me parecía imposible, transformándome en una mujer multitarea, sin pereza para emprender cualquier actividad, y encontrando un sentido extraordinario a todo lo que hacía. Y no es que siguiera el libro al pie de la letra, que hay muchas cosas que no me gustan y no me vienen bien, pero las que decidí incorporar a mi rutina me sirvieron de mucho y me hicieron sentir más plena, e incluso más feliz.
Lo que yo interpreto que viene a decir el autor es que tienes que estar alerta y vivir con un propósito. Y eso yo ya lo sabía, solo que ese foco del que ya he hablado en ocasiones, a veces puede desvanecerse y es fácil perderse sin rumbo ni horizonte. Entonces me imagino a mí misma como si fuera una barca en un mar con corrientes no muy fuertes, pero que la van llevando a uno u otro lado a su merced, sin ser absolutamente nada responsable de lo que ocurra, y simplemente soportando las inclemencias no elegidas de donde el azar, o los demás, hayan querido llevarme. Coger los remos, aunque cueste, aunque cueste mucho, es mejor, e infinitamente más gratificante.
Me tatué a fuego en la mente (porque aunque tenga como hermano al mejor tatuador del mundo lo de hacerme algo para siempre en la piel aun no me ha llamado) tres cosas: tener un plan (un foco o como quieras llamarlo); ser proactiva en esa dirección (que las cosas pasen porque yo busco que pasen, moverme, no quedarme esperando); y no procrastinar (no posponer lo que tengo que hacer, incluso aquello que menos me pueda apetecer si el fin es el deseado). Y de vez en cuando lo repaso. Y reescribo mi plan de vida, las cosas que me importan, y revalúo la situación: ¿Es aquí dónde quiero estar?
Si la respuesta es SÍ, todo estará en armonía, y será fácil seguir por el mismo camino.
Si la respuesta es NO, algo habrá que cambiar. Y será como cuando entrenas sometiendo a tu cuerpo a estímulos (muchas veces desagradables) de los que esperas una adaptación de tu organismo para que todo sea mejor en un futuro cercano.
Cambiar de dirección es complicado, pero facilita la tarea pensar en la recompensa, con el fin siempre en mente.

