83º fragmento -Martina me pide que escriba sobre ella

Fue la que más rápido nació.

Traía consigo unos ojos redondos y oscuros, bien abiertos en su cara rechoncha desde que la cogí en brazos, que ya avisaban de que serían una parte fundamental que la harían única.

Las contracciones empezaron poco antes de tener que recoger a Daniela de infantil, pero me dio tiempo a comerme un cocido de mi madre y a esperar que Alex saliera de trabajar para recogerla, y dejarla con la abuela. Las contracciones eran tolerables. Nos despedimos y llegamos al hospital justo cuando mis compañeras salían de trabajar, pasándose por urgencias a saludarme y desearme una buena hora, mientras yo pensaba que las contracciones no eran para tanto (mira que si me mandaban para mi casa…).

Exploración en urgencias. De 4-5 cm. Vamos a paritorio. Dudo si ponerme la epidural, porque no me hizo mucho efecto con Daniela. Llamo a Javi (anestesista) para pedir opinión. -Póntela, porque te pasara eso la otra vez no quiere decir que te pase esta-. Me la pongo (me la pone un residente de anestesia estupendamente). Me rompen la bolsa poco después… Me acordé de Javi y de todos los anestesista que conocía en ese mismo momento.

El expulsivo fue querer morir. Grité como yo no sabía que podía gritar, como si hubiera sido poseída por el mismísimo señor oscuro. Pensé en apartar de mí a la comadrona de un puntapié. En dos empujones estaba fuera, mirándome con uno ojos redondos enormes que casi no me dejaban ver su cara., plegada tal y como habría estado en mi vientre. Enamoramiento a primera vista.

Martina es todo amor. Cuando te abraza, lo hace desde lo mas profundo de su ser, y se podría quedar así, eternamente, sin prisas, disfrutando de ese contacto que traspasa la superficie de la piel.

Martina tiene una guerrera dormida dentro de sí. Aun no sabe dominarla del todo, aunque va aprendiendo. Se le escapa desbocada cuando sospecha alguna injusticia (y la mayoría de las veces puede que lleve razón), y entonces solo puedes dejarla para que poco a poco vaya perdiendo la fuerza por puro cansancio.

Martina es atenta. No concibe el sufrimiento ajeno y busca la manera de ayudar con sus armas de niña cuando algo puede no estar bien. Iría contra todo un ejército si hiciera falta defender a algún amigo.

Es una payasa que disfruta inventando tonterías que puedan sacarte carcajadas.

Martina, mi querida Martina, tiene un universo por mundo interior lleno de incertidumbres y preguntas que no puedo resolver. Es más científica que espiritual, aunque tal vez la mejor definición para ella fuera unir ambos adjetivos. Está loca por aprender sin importar el qué, pero que sean cosas nuevas y desafiantes.

Martina mira a sus abuelos y abuelas con unos ojos que derretirían a cualquiera, estoy segura que envolviéndolos en un halo de amor que los llena de energía.

Martina, a veces, es silencio. Va explorando entre sus pensamientos y pocas veces te hará participe de ellos. Tal vez, si tienes paciencia y acudes a darle las segundas buenas noches cuando ya has conseguido que se acueste, puede que rompa a hablar desde lo más profundo de su corazón, compartiendo todo lo que ha pululado por esa cabeza.

Martina, mi niña sandwich, la de en medio, recibiendo órdenes y reproches de su hermana mayor y toreando los envites del terremoto que duerme a su lado.

“¡Qué ojos tienes!” Mamá, ¿por qué todo el mundo me dice eso? Porque todos querrían que los mirases con ellos.

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