Hemos hecho un paréntesis en nuestra acomodada vida de ciudad para adentrarnos en el verde de Asturias. El campeonato de España sub16 de Daniela fue la excusa perfecta para programar nuestras vacaciones en torno a aquello que nos hace felices.
“¿Te están gustando las vacaciones, Claudia?” “Me encantan”. “¿Y qué es lo que más te gusta?” “Que estamos en familia”. Y me abraza descansando su cabeza sobre mi hombro. Me derrito.
Por Airbnb, y casi a ultima hora, apareció una nueva oferta de una casa perdida cerca de Pandenes. La casa de Elizabeth y Steve, dos ingleses que hace once años decidieron dejar su país junto a su hija, para iniciar en Asturias una vida con casi nula huella ambiental. Compraron tierras cerca de Pandenes, una finca que ellos bautizaron como El Toral. Su casa, donde nosotros hemos estado una semana, la construyeron con paja -los muros se parecen a los de las casas que vi en un documental sobre un pueblo indígena africano), dotada de paneles solares y todos los artilugios handmade necesarios para tener agua corriente, la caliente necesaria para una ducha rápida, y la electricidad necesaria para la luz que necesites durante la noche. Hay un pequeño congelador a modo de frigorífico, que se conecta y desconecta según le indica un temporizador que han conectado a su cable de alimentación, y un microondas que solo podrás usar durante las horas de sol para no descargar las baterías
Una de las cosas que más me gusta de la casa, es que casi todas sus paredes son ventanales (ventanas adaptadas, de segunda mano) que te sumergen en el bosque, empachándote de tanta. naturaleza que da la sensación de ir descontaminándote conforme pasan los días. Desde la habitación de las niñas se puede salir directamente a la parte de atrás de la casa, donde hay un pequeño huerto.
El tiempo se ha parado. No hay prisa. Cocinamos en fogones de gas, aunque también podríamos hacerlo en fogones de leña, que además han adaptado para que en los días nublados caliente el agua del termo que preside una de las esquinas de la estancia principal, embutido en materiales aislantes para que no pierda la temperatura.
Las niñas caminan descalzas por todos sitios, en contacto total con el suelo cubierto de hierbas y hojas. Echan los residuos orgánicos a los cerdos y a las gallinas, que en cuanto las escuchan aproximarse salen de dónde estén para recibirlas con alboroto. Ya nos conocen, dicen ellas contentas. Caminan por el trozo de bosque bautizado como Fary Adventureland, donde los huéspedes que quieren, van realizando construcciones con materiales reciclados que tienen en su cobertizo, a modo de casitas para las hadas
Claudia y Martina, que jamás tuvieron un perro grande cerca, se acuestan sin miedo encima de Kyra y Pity, dos preciosas perras, madre e hija, tranquilas, encantadoras, alegres y cariñosas, que vienen a saludarnos cada vez que Elizabeth está cerca de la casa que habitamos, alimentando a los cerdos, a las gallinas, o trabajando en su pequeño invernadero. Este pequeño trozo de tierra, donde cultiva sobre todo tomates, nos lo mostró orgullosa el primer día, y enseñó a las niñas a cogerlos sin dañar la planta. Tomates con sabor a tomate.
Se ha parado el tiempo.
No había televisor y no han usado pantallas. Se nos han roto los móviles. Todo se ha alineado para que los días hayan transcurrido mirándonos las unas a las otras (y otro), inventando juegos, pasando veladas en torno a la mesa después de cenar, jugando al Jungle Speed, riéndonos a carcajadas, contándonos cosas, pintándonos la cara, paseando por el bosque, construyendo casa de hadas, cocinando tortitas, abrigándonos con chaqueta en julio, y zambulléndonos en una pequeña piscina con el agua perfecta para la crioterapia, visitando mercadillos medievales y participando en espectáculos de artistas callejeros… (también hubo enfados, llantos injustificados, y me aburros).
Kyra y Pity vinieron a despedirse por la mañana. Nos costó irnos. Me acordé de cuando terminaba un campamento de verano.
Qué poco necesitamos.

