La normalidad, lo más frecuente, no es siempre lo que tiene que ser, así que no te conformes.
Y es que dar por sentado cosas que ocurren, muchas veces es fruto de nuestro desconocimiento y falta de información. Hemos perdido la curiosidad que nos definía como niños y aceptamos cualquier hecho que afirme la mayoría de la gente, esa normalidad que solo lo es por frecuente, pero no porque tenga que serlo, sobre todo ahora que disponemos de información y de armas para combatir hechos que la mayoría de las veces nos hacen sentir incómodos con nosotros mismos.
Naces, creces, y en tu niñez juegas hasta no poder más, hasta caer rendida. Te incorporas a la adolescencia y te mueves menos, comes y bebes más, trasnochas y haces tus pinitos (o el doble mortal hacia atrás) con el tabaco, alcohol y vete a saber que drogas. Te incorporas a la vida adulta, joven y capaz, y con un poco más de consciencia en el mejor de los casos: empieza la vida sedentaria, trabajos con horas y horas sentados o de pie que ocupan la mitad de nuestro tiempo de vigilia. Las mujeres se embarazan, y ya se escucha el “no te preocupes, que es inevitable coger peso con cada embarazo”, y con la lactancia, más de lo mismo: uno, dos o tres… embarazos después has pasado a pesar unos 10 Kg más que cuando tenías 20 años (con lo delgadica que yo era). Continuamos con el no tengo tiempo para nada, con nuestro sedentarismo y con “me como esto porque yo me lo merezco, que si no, para que queremos vivir”. Los hombres van aumentando su perímetro abdominal (su grasa visceral, su riesgo cardiovascular) en la misma medida que las mujeres, pero sin embarazos de por medio (y sin estrógenos que los protejan); la menopausia viene para rematar lo que ya te decía tu prima: “imposible mantener el peso a esta edad, es normal que cada año vayas ganando unos kilos (échate a dormir y no gastes energía)”…
Nada se puede hacer contra la naturaleza humana, es lo que te toca. Y mientras tanto, nos volvemos pésimos educadores de nuestros hijos e hijas, y cerramos un preocupante círculo de mentiras, enfermedades adquiridas del mundo moderno y frustración, tristeza, ansiedad y problemas para dormir.
Yo lo veo como un juego. Una carrera contrarreloj y contra lo que la mayoría me dice que tiene que ser.
Está mejor visto y más aceptado que te vayas de cafés entre semana, y de cañas y comidas de ponerte hasta el culo los fines de semana, que emplear ese mismo tiempo en moverte lo que tu trabajo no te permite, y viajar para participar en campeonatos (“pobres, todos los fines de semana sacrificados viajando para ver a sus hijas competir” “y a la mujer también, que en algún momento tendrá que parar”). Está mejor visto que participes de comer tarta, pasteles, dulces en general… que traen a tu mesa del estar de endoscopias, a que saques un plátano y te lo comas (“pero si no estás gorda, ¿por qué no comes?”)
Yo me rebelo. Eso no es lo normal, aunque nos lo hayan hecho creer. Eso sí, necesitas saber que tienes que cambiar, que te sentirás mejor, que enfermarás menos y tendrás más energía. Pero eso es tan difícil. Es casi imposible hacerte entender que donde tu ves una loca que termina de trabajar a las 8 de la tarde después de todo el día en el hospital, que se va directa al estadio a realizar ejercicio físico; yo veo que esa loca está compensando todo un día de estrés e inmovilidad, con horas de pie que han dejado las piernas entumecidas. “La energía me las han robado esas siete o doce horas de trabajo, ahora voy a recargarme las pilas”. Tampoco entenderás que donde tu ves a alguien en dieta permanente porque ha sacado una naranja y evita en la medida de lo posible comer todo aquello que no es nada beneficioso; yo veo a alguien que ha decidido tener unos hábitos de vida que la hacen sentir vital, ágil y con fuerza para afrontar cualquier reto.
Nadie te va a ayudar. Al contrario. Serás el raro o la rara. Pero sería tan bueno poder cambiar esas tornas…, convertir en raros a los normales…

