Anoche me volví a acordar de ti.
Y no me dejabas dormir.
Me acordé de tus ganas de vivir y de que todo saliera bien, encerrado durante días en aquella habitación, con tu portátil siempre dispuesto para seguir trabajando a pesar de todo, como si fuera el salvavidas al que te agarrabas para no tener que seguir pensando en lo inevitable.
Y como tú, otros vuelven a mi mente de vez en cuando a pesar de los años que hayan pasado. Vuelven como si fueran mis fantasmas. Imágenes tan vívidas que pudieron ser de ayer, entrelazadas como viñetas de un cómic macabro en el que el final definitivo nunca estará presente.
Ayer recordé cómo entrabas por la puerta en un día de trabajo estresante cuando yo no pasaba de los 30. Ibas encorvado, con una bolsa en tus manos porque no podías evitar las arcadas. Delgado. Algo pálido. Sin molestias concretas, y con dolor de todo. Tú no pasabas mucho más de los 30, y tus padres, desesperados, te acompañaban, buscando en mí la respuesta a todos tus males.
Te habían hecho una endoscopia hacía menos de 2 meses (por aquellos entonces sin sedación, que aun eso era para casos muy elegidos). No me cupo duda de que aquella prueba era lo primero que había que repetir, y de que no estabas en condiciones de volverte a casa. Otra gastroscopia a la que te entregabas sin sedación, con el firme deseo de encontrar el motivo de tu imposibilidad para alimentarte a pesar de tus ganas de hacerlo.
Recuerdo, sobre todo, tu fuerza y tus ganas de vivir. Tu rostro se difumina por el tiempo. Recuerdo tus gafas, tu buen humor, tu buena disposición para todo, y tus fuerzas sacadas de no sé donde para evitar más sufrimiento a quienes no podían sufrir más. Y me recorre un escalofrío.
En la endoscopia, que aguantaste como un auténtico jabato, se veía un estómago prácticamente normal (con la dificultad que entrañaban las arcadas constantes durante la prueba). Tal vez faltaba un poco de distensión, no se abría como si fuera un globo cuando introducía aire. Así que tomé unas biopsias. Podía no ser nada, una gastritis; pero los síntomas iban más a favor de que fuera algo: un linfoma gástrico…, ¿tal vez?, quise pensar yo como la mejor opción para algo que parecía estar consumiéndote.
No te conocía antes de que entraras por mi puerta. No sabía cómo eras antes. Llegaste a mí por un favor que pidieron a mi madre, para que su hija, recién acabada la residencia de Aparato Digestivo, intentara llegar al diagnóstico al que aun nadie había llegado. Y cuando te vi, supe que algo realmente pasaba.
Te dejé ingresado para poder valorar como estaban tus parámetros nutricionales, para poder hidratarte y alimentarte, mientras esperábamos resultados de análisis y de la anatomía patológica. Un linfoma gástrico, me repetía yo una y otra vez, porque la otra posibilidad se me hacía aterradora.
Te volví a ver en la planta de hospitalización.
Casi ni te reconocí dos meses después cuando entrabas encamado a la sala de radiología para ponerte una sonda de alimentación, cuando ya hacía dos meses de la fatal noticia. El estudio de las biopsias y el informe del patólogo cayeron sobre mí como una losa que no me dejaba respirar. Tener que dar esa noticia paralizaba todo mi cuerpo. Hablar de su pronóstico me resultaba casi imposible. No podré olvidar a tus padres el día que tuve que informarles.
Hay pacientes, personas, capaces de mostrar una entereza que parece imposible.
Volverás otras noches a mis pensamientos, y tendré que dejarte espacio para repasar esas viñetas, esos reels, que quedaron grabados a fuego para siempre, acompañados de las mismas emociones que me produjeron en su día. No me lo tomo como una carga, es más bien un homenaje a quien fue alguien excepcional.

