121º fragmento -De las grandes superficies comerciales a las tiendas de barrio: me declaro culpable de no hacer lo suficiente

Esta mañana salí andando con las dos más pequeñas.

Íbamos a recoger un paquete a un kilómetro y medio de casa, y desde que hemos salido por la puerta del portal, la pregunta ha sido “¿Cuánto falta?”. El kiosco al que teníamos que llegar estaba más allá del estadio de Emilio Campra, y así se lo he dicho a ellas. “¡Uf! lejísimos, pero, ¿por qué no vamos en coche?” Y me quedo mirando a Martina, que sonríe con esos ojos abiertos como platos que parece que me traspasan, y ella misma se responde: “Porque mamá es una pesada, y así hacemos ejercicio y no contaminamos”. “Y además, damos una vuelta por el barrio, que jamás sabemos con quién o qué podemos encontrar”, añado yo.

De repente me di cuenta de que en mi mundo de prisas y horarios medidos dejé de andar por las calles y de conocer los sitios. De casa al cole, de ahí al trabajo, del trabajo a casa, y si hay que comprar, pues al centro comercial o al Mercadona, o a una gran superficie… El caso es que dejé de caminar, y mi actividad física diaria quedó limitada al tiempo que paso en el estadio, y mi aportación al barrio, hace tiempo que es cero.

Fuimos paseando. Atravesando el parque de las familias, con la parsimonia que te da estar de vacaciones, parándonos para columpiarnos en un lado, o subirnos en este otro, con la promesa de pasar un ratito más en el tobogán a la vuelta, “ahora que el sol aun no quema demasiado”. Mira, este era mi colegio; por aquí venía yo todos los días a entrenar; aquí vivía mi amiga Cristina; cuando yo era un poco más pequeña que Claudia mi madre me llevaba agarrada al carrito en el que iba subido mi hermano Felipe (dos años menos que yo) más serio que un ajo (una vez salí corriendo y crucé sola la calle -menudo susto para mi madre-); aquí me hicieron la foto de la comunión; y por esta calle iba yo con casi con los mismos años de Martina a las clases de inglés cuando estaba en 5º de EGB (mi tío abuelo a veces me invitaba a merendar en la cafetería)…

Llegamos al kiosko en un pis pas, sin quejas de ningún tipo desde que salimos de casa.

Recogemos el paquete y vemos los dos primeros ejemplares de la colección de novela de misterio, 1,95€ por libro. Nos los quedamos (Martina ya está leyendo Asesinato en el Orient Express). Pasamos por una tienda que tiene de todo (y no es de un chino), y entramos para comprar el corcho de pared, las chinchetas, y las cartulinas. Las niñas se quedan extasiadas, no esperaban encontrar todo lo que necesitaban fuera del Carrefour.

Y al pasar cerca de “anca” Paquito, me entra la nostalgia, y las llevo para ver a sus hijas, que se quedaron con la tienda de ultramarinos (un minimarket) una vez que Ana y Paco se jubilaron, donde yo tanto fui a comprar cuando era niña, con listas escritas en trozos de cartón en una impoluta letra mayúscula que me encantaba, de mi madre. Entramos para saludar y de paso comprar plátanos, que ya no puedo con más cosas en mis manos y en las de mis hijas, y vuelve a mí lo que tanto tiempo llevo queriendo hacer y que por una cosa o por otra siempre se queda solamente en la intención: hacer la compra de la semana allí, en la tienda que ahora regentan las dos hermanas. Y pienso para mí que ya no se va a quedar solamente en intención.

Regresamos, aun nos quedan unos 600 metros hasta casa, y vamos cargadas. Pasamos al lado del parque, pero ya van cansadas y tenemos que llegar para dejar las cosas que hemos ido comprando.

Ellas, que no querían salir si no era en coche, vuelven felices, conociendo un pedacito más de la infancia de su madre, como si el hecho de que yo alguna vez hubiera sido como ellas se le haga harto imposible. Me encanta la expresión de sus caras cuando les cuento que mi madre se quejaba de que le tiraba mucho del carro y no podía avanzar, o de que no podía llevar el paso de mi padre cuando iba de su mano, y de vez en cuando daba un salto para alcanzarlo.

Y parece que fue ayer.

Hoy me dieron ganas de reacomodarme de otra forma, sin Mercadona ni Carrefour. El paseo nos sentó de maravilla, a las tres.

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