148º fragmento – Abrazos desconocidos

Hoy me abrazaron dos.

No fueron fáciles ninguna de las 4. Normalmente suele ocurrir eso. Los días que empiezan con una colonoscopia llena de caca, acabas haciéndolas todas con caca. El día que encuentras un pólipo en la primera prueba, al menos cuatro más tendrán pólipos.

Lo mismo ocurría en urgencias. Por algún motivo, cuando estaba de guardia en mi primer año de residencia, como llegara una pancreatitis, ya sabías que el día iba a ser de patología biliopancreática, lo cual casi mecanizaba las pruebas complementarias que ibas a solicitar. Una vez me estrené un sábado por la mañana con un coma etílico que la policía había encontrado en un descampado tirado al sol, lo pasaron a mi consulta con un nivel de consciencia suficiente para responder a preguntas sencillas. El olor que desprendía aquel cuerpo era lo más insoportable que ha tenido que soportar mi pituitaria. El hombre se había cagado encima, y el tiempo que había pasado al sol había hecho el resto. Dos pacientes después, cuando aun no habíamos conseguido que se fuera aquel olor a podredumbre, entró otro para reforzarlo. Éste fue directo a la ducha.

Hoy, mirado sobre el papel, y revisando las historias clínicas y pruebas de imagen de los pacientes citados, parecía un día tan sencillo que a punto estuve de llamar a la planta para que otro paciente se quedara en ayunas porque estaba segura de que nos daría tiempo a hacerlo. Pero algo me distrajo, una consulta de la secretaria, algún compañero que vino a verme, la primera gastroscopia que ya estaba dentro… ¡Menos mal!

La edad media de mis pacientes de hoy era de 85 años. Pacientes frágiles que vienen con miedo, con todos los achaques del mundo, y con frases antes de dormirse que no te dejan buen cuerpo. “¡Ay! que la muerte viene ya por mí”. Y yo lo miro y le digo “Ni pensarlo. Hoy no viene nadie a por usted nada más que David y Zahira para llevarlo a la planta cuando acabemos”.

Encarna, la última del parte, nos pone las cosas difíciles. Todas las alteraciones anatómicas posibles en un cuerpo desgastado de 89 años que dice tener agujereado por todos lados. Todas las dificultades que puede poner un tubo digestivo superior al avance de mi duodenoscopio, se encuentran concentradas en su interior, para que llegar hasta la papila (donde comienza nuestro trabajo específico) sea una auténtica odisea. Ella nos sonríe, nos cuenta, confía en nosotros, y se deja hacer antes de que la durmamos para encontrarnos con toda una carrera de obstáculos que al final acaba estupendamente.

Mis piernas acaban hinchadas, mi espalda empapada en sudor bajo el mandil de plomo, mis dedos tetanizados, y mi paciencia casi agotada. Siempre me queda la justa para acabar lo que he empezado. Tengo la paciencia infinita.

Encarna, tan frágil y llena de años, despierta poco a poco mientras se la llevan a recuperarse en reanimación. Yo salgo a informar a su hija, que al escucharme se lanza a abrazarme (yo muy sudada). Es el segundo abrazo del día.

Y me encanta.

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