Me acuesto pensando en el desayuno. Tal vez antes más que ahora, que me comía mi tostada de aceite y miel, y que de un tiempo a esta parte he cambiado por dos de jamón serrano, lomo embuchado, o pechuga de pavo, dependiendo del día. Eso al principio convirtió mi ansiado desayuno en un tramite a pasar, y ahora, que le voy cogiendo el gustillo…, no digo que no haya vuelto a acostarme con el mismo deseo de desayunar, pero bastante se le parece.
Me encanta la rutina de preparar el café y olerlo cuando empieza a salir por la cafetera italiana, el olor a pan tostado que inunda la cocina, y el sonido de fondo de las noticias, a las que últimamente prefiero no prestar demasiada atención.
Suelo saltar de la cama, pero a veces, remoloneo cinco minutos, los justos para que sea Alex quien empiece con la preparación del desayuno.
Nos levantamos con tiempo para poder alargar este momento del día, y si hay suerte, puede que aparezcan por la puerta de la cocina: Claudia con los ojos hinchados de tanto dormir y la melena revuelta, y su olor a niña recién levantada, y sus besos cálidos de buenos días; o Martina con su chaqueta puesta por un frío mañanero que la hace parecer un ovillo, directa a la silla que ha ocupado su padre, esperando que éste, paciente, se levante para hacerle la leche, mientras yo salgo disparada para arreglarme y empezar a peinar cabezas.
Mecanizado, pero con consciencia. Pensando en que llegará un momento en que, como Daniela, se levanten un poco más tarde y se preparen su desayuno, y ya dejen de necesitarnos. Como está mandado.
Subir al coche, poner cadena 100, escuchar alguna de las canciones en el corto trayecto al colegio, o enchufar el teléfono para reproducir Tacones Rojos, que desde el asiento de atrás pide Claudia para cantarla a las 7.40 de la mañana. Dejarlas en la puerta. Los besos. Te quiero, mami. Y yo más. Ver como se alejan y miran hacia atrás para darse cuenta de que yo aun no me he ido.
Hacer una endoscopia como si fuera la primera vez que la hago y saltar de alegría cuando consigues ver el final y todo está perfecto.
Ir al estadio andando con Daniela y que me vaya contando lo último que ha ocurrido en el instituto, su ilusión por competir con la selección andaluza, sus ganas de entrenar, de ir a un concierto, lo que más le gusta de las clases, cómo se lleva con sus amigas y amigos…
Volver a casa tras un entrenamiento. La ducha. El cuerpo molido, la mente despierta.
Acostar a las más pequeñas cuando las ganas de hablar brotan como si no hubiera otro momento para decir todo lo que se agolpa en sus cabezas y en sus bocas, estorbándose, pidiendo la palabra, llamándome una y otra vez por todos los motivos imaginables para retrasar la hora del sueño…
Sentarme al fin con Alejandro y Daniela para cenar, resumiendo el día, o cayendo en la maldita pantalla del móvil que intentamos prohibir en la mesa una y otra vez (y no siempre estamos dispuestos).
El día, está formado por pequeños fragmentos de los que disfrutar haciéndose plenamente consciente de su existencia y su fugacidad. Podemos mecanizarlos y que transcurran de forma ordenada y sin emoción; o podemos dotarlos de toda la emoción del mundo y prestarles la atención que los hará únicos e irrepetibles. Esto también es una inversión en nuestro bienestar mental.
Podemos esperar que nos pasen cosas, pero tal vez sea mejor hacer que las cosas sucedan.

