La adolescencia parece necesitar espacio y, al mismo tiempo, control.
Me devano los sesos para saber qué o cómo decir las cosas para no recibir una “cara de asco” (tal y como la describen mis otras dos cachorrillas) cuando me dirijo a la primogénita. A pesar de que nuestra relación es buena, tengo la sensación continua de que ella siente lo que todos los adolescentes saben, que son superiores a los padres en casi todo y continuamente lo tienen que demostrar y quedarse ellos con la última palabra. Estos padres y madres marchitos que apenas entienden de casi nada se han empeñado en hacerles la vida un poco más difícil y no entienden ni si quiera por qué les miras (algo querrás).
Estoy aprendiendo cuándo y cómo entrarle a mi hija para que la relación siga siendo fluida y no minusvalore lo que yo pueda decirle, que lo tenga en cuenta, aunque en más de una ocasión parezca no hacerlo en el primer intento.
Creo que lo que hablamos sentados a la mesa durante el almuerzo o la cena, o en los paseos para llegar al estadio y entrenar, esas conversaciones en las que escucho lo que ella tenga que contarme, abren la puerta para que en ella vaya calando aquello que quiero que tenga en cuenta. Palabras, frases, conversaciones, consejos, advertencias… que creía que no pasaban más allá del poco espacio que nos separaba, parece que de alguna forma penetran en ese cerebro aun en formación revolucionado por una tormenta hormonal y millones de estímulos con respuestas aun apenas conocidas por ella.
“¿Por qué te vas a acostar, Daniela, si son vacaciones?, pregunta Claudia a las 10.30 pm en el baño a su hermana. La otra, que viene de correr en Nerja su primer 3000 ml, comprar un regalo de Navidad para su madre y su padre, y cenar después en el centro comercial como si nunca antes hubiera comido, le responde: “Porque mañana tengo que entrenar por la mañana”. “Pues no entrenes” le dice la pequeña. Yo las escucho atentamente desde la habitación mientras doblo la ropa. “¿Cómo crees que consigo hacer la marca mínima para ir al Campeonato de España que he hecho hoy?” y tras contestar varias preguntas para explicarle qué es una marca mínima y demás, le dice que todo se consigue con esfuerzo, que ella entrena para poder cumplir sus objetivos, que si no, sería imposible. Y a mí se me abre una amplia sonrisa que ocupa toda mi cara, no solo una sonrisa de boca, sino de los ojos, del alma, del corazón, y de todo el ser, porque a veces, muchas, dudas de que los mensajes que tú quieres que entiendan lleguen si quiera a rozarles.
En muchas ocasiones piensas que tu esfuerzo y tu trabajo es en balde, sobre todo cuando la adolescencia se ha empeñado en hacerte creer que nada de lo que hagas o digas podrá tener el más mínimo interés para ella, y aunque en lo más profundo pueda saber que eso no es cierto, y que es seguro que es imprescindible estar incluso cuando parecen no necesitarte, no hay mayor recompensa y retroalimentación positiva que cazar estas conversaciones entre aquellas que comparten contigo la mitad de su material genético.
Seguiremos luchando.

