204º fragmento -Musculatura periocular vs pancorporal

Sentadas en un sofá, apartadas de la mesa donde el resto de la gran familia seguimos comiendo, o en la sobremesa, ellas comparten espacio, pero solo eso, porque en la manos sostienen el artilugio con pantalla que concentra toda su atención, en una ida y venida de dedos hacia arriba y hacia abajo, para seguir cotilleando en la vida de los demás, perdón, en las poses de las demás, en lo artificial de un mundo construido por ❤️ y 👍🏻.

Y afuera, ni si quiera oculto porque las paredes son de cristal, un campo abierto por el que jugar hasta no poder más, llora sin poder mostrarlo, recordando aquel tiempo en el que los padres de las criaturas en cuestión correteaban e inventaban juegos en los que todos los músculos eran necesarios, y no solo los perioculares.

Yo tuve dos cortijos.

Mi infancia transcurrió entre el cortijo del Barranco Hondo de mis abuelos paternos, el de un sitio que no puedo precisar entre el Mamí, Los Partidores y el río Andarax de mis abuelos paternos, y la amplitud del Polideportivo de la Michelín, precioso tesoro que disfrutamos a más no poder sin saber que éramos tan afortunados entonces.

Mi infancia transcurrió enfundada en ropa de deporte, camisetas de propaganda de carreras, tenis J´Hayber que valían para todo y duraban más de lo que aguantaba tu pie en el mismo número, reptando bajo las pocas tomateras que mi abuelo Antonio siguió plantando, comiendo guisantes arrancados de la mata, haciendo Homerun en campos llenos de montículos de tierra que sortear y piedras sueltas, y agarrando bates improvisados de madera cogidos de cualquier lugar, que golpeaban la pelota de tenis que sustituía a la de béisbol para evitar percances. “Tíramela bien, ¿quieres?”, porque lejos de existir strikes, lo suyo era que el pichi facilitara el trabajo del bateador, que si no, menudo rollo.

Estábamos locos porque llegara el fin de semana para dejar cuerpos exhaustos preparados para caer rotos el domingo por la noche y comenzar la nueva semana.

Mi infancia se prolongó más allá de cuando las demás comenzaban la adolescencia. Cuando todas querían hacerse mayores yo me seguía sintiendo niña. Mi ritmo de maduración se parecía más al del sexo masculino y era con ellos con los que me sentía mas cómoda, un poco menos bruta tal vez, pero totalmente desinteresada por lo que atraía la atención del sexo femenino (en general). No he cambiado mucho en eso.

Martina se acerca entristecida porque las primas (segundas) se han encerrado en el baño a grabar Tik Tok. Ella quiere jugar como sus casi once años le reclaman, por el campo abierto y lo olivos que divisa a través de las vidrieras. Daniela parece haberse saltado esa etapa y se encuentra a gusto en la tertulia de la sobremesa de sus tíos. Martina quiere que fuerce a sus primas a jugar. No way. Juega con los niños, le digo. Están fuera retozando en el césped, peleando, pasándose la pelota, jugando al pilla pilla… como yo hubiera hecho incluso con 15 años.

Cuando llega la hora de irnos aparece sonriente y con el sudor empapando su frente al lado de su hermana Claudia “Un ratito más”, dice.

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