Él iba repartiendo los billetes de embarque cuando todos estábamos puestos en fila esperando en el aeropuerto de Tenerife. Una semana después (quizás un poco menos), volvíamos tras haber competido en el Campeonato de España Escolar en 1991. Yo me traía una medalla de oro al cuello en mi primer año como cadete, un montón de amigos, y unos días de disfrute inolvidables.
Juan, mi entrenador, y autoproclamado por su comportamiento conmigo, padre atlético, quería alejarme de todo lo que la adolescencia pudiera traer consigo y no fuera beneficioso para mi actividad deportiva, y los niños, que empezaban a tontear con las hormonas revolucionadas, no entraban en sus planes para mí. Así que, me dio mi billete, cogió el siguiente para él mismo, y del final del montón que aun quedaba en sus manos le dio a Paco el suyo.
Si tuviera que comparar a Juan Salvador con alguien, teniendo en cuenta su pasión por el atletismo y su entrega con este deporte, probablemente sería con Guillermo Ferrero.
Juan tenía carácter. Era estricto, gritón, se enojaba con facilidad, había adquirido sus conocimientos atléticos como había podido (muchos dudaban de que los tuviera), y dedicaba todo su tiempo libre a este deporte. En mi mente está con su traje y corbata, y su cigarro perenne en la mano, dando indicaciones continuamente.
Los cuatro últimos años que entrené a sus órdenes (mis categorías infantil y cadete), estuvieron llenos de éxitos. Cierto es que me olvidé del mediofondo para competir en pruebas combinadas, pero ambos supimos disfrutar de ser la mejor durante este tiempo (a pesar de que no había sido mi elección), de entrenar sin prisas, de los viajes, de ilusionarnos con la progresión que se producía y se intuía que continuaría… Y él, poco a poco, fue adoptando un papel más proteccionista hacia mí. Yo tenía algo de talento, buena disposición para entrenar, cabeza, espíritu de sacrificio, lo seguía a pies juntillas… y me encantaba competir.
Un día, Juan hablaba con mi madre sentado en la mesa de camilla de mi casa. Escuché, y lo recuerdo como si fuera ayer a pesar de que yo tenía 15 años, que había ido al médico porque se había puesto amarillo, y le había dicho que le quedaban 3 meses de vida (así lo recuerdo, como si pudiera oírlo ahora mismo). Creo que era febrero, y en breve sería el campeonato de España de pista cubierta en Valencia.
En las gradas de la pista valenciana Juan se paseaba con un poncho de colores (algo inaudito en un hombre que vestía en tonos grises y marrones), mientras yo iba mejorando cada una de mis marcas en las 5 pruebas que componían el pentatlón para proclamarme campeona con récord de España a pesar de pegar el pufo del siglo en la prueba de los 600 ml, una de mis favoritas, con un talón que apenas podía apoyar del dolor que tenía.
Lo que sucedió entre esa prueba, en la que estábamos eufóricos, y el récord que batí al aire libre en Carranque 3 meses después (3 días después de que él falleciera), lo recuerdo con dolor.
Tengo imágenes de Juan más delgado cada día que pasaba, sin poder mantenerse en pie, pero yendo a la pista, sentándose en una silla de director de cine, para poder seguir dirigiendo entrenamientos, desafiando a la muerte que de forma inexorable ya venía a por él. Recuerdo el poco tacto de algunos preguntándome que qué iba a hacer yo, refiriéndose a cuando me quedara sin entrenador. Recuerdo ir a verlo al hospital de la Cruz Roja, cuando no reconocía ni su sombra, cuando apenas podía moverse, y cuando no entendía lo que quería decirme, que yo iría a unas Olimpiadas, y él me estaría viendo desde el cielo.
No lo conseguí, Juan. Pero creo que estarías bastante orgulloso de todo lo que he hecho.
A veces, muchas, pienso, que si hubiéramos caminado juntos más tiempo, tú habrías buscado el modo de cumplir nuestro objetivo, porque tú siempre buscabas la manera de conseguir las cosas

