“No hay que malgastar las lágrimas, Martina”, dice Claudia a su hermana, que duerme en una cama nido a su lado, poseída por una vieja que parece tener toda la experiencia del mundo.
Esa frase se repite una y otra vez en los foros de desarrollo personal: La mayoría de la veces nos preocupamos por cosas que aun no han pasado, y lo peor de todo, que pueden que no pasen, o al menos no de la forma que nos aterroriza.
Martina llora y grita que no quiere que le pongan brackets. Y aunque tiene todas las papeletas para repetir la experiencia adolescente de su madre, yo le insisto en que aun no sabemos si se los pondrán, que no llore por algo que aun no ha pasado (que para algo tienen que servir las frases que aparecen en FB, instagram y twitter). Pero no consigo nada. Y su hermana pequeña, escucha atenta sin perder detalle. “No tiene sentido pasarlo mal por algo que aun no ha ocurrido, así que deja de llorar por futuribles (me encanta esa palabra) y ya patalearás si al final es necesario (que tampoco es tan grave).
La misma que decía hace un año que su hermana estaba callada porque tenía la mochila llena de piedras, ahora dice lo de no malgastar lágrimas, y tras mis intentos vanos de calmar a la mediana, apostilla: “ya lloraremos cuando se muera alguien”. La vieja en cuerpo de casi 6 años ha vuelto a hablar, lo cual añade una nueva dosis de cabreo a su hermana. Así se duerme.
Y es todo tan cierto. Preocupadas por un futuro incierto, en el que parece que siempre elijamos el desenlace menos apetecible produce en nosotros toda una tormenta de cortisol que nos inunda hasta nublarnos el entendimiento. Y si ya no teníamos bastante con vivir anclados en el pasado, ya solo nos faltaba sufrir por lo que puede que, si se dan todas las condiciones adecuadas, pase. Y no solo eso, no es solo la anticipación del desenlace que menos nos gusta, sino que además, nos preocupamos por chorradas, hasta que nos llega una buena hostia y nos pone todo en su sitio (o vemos la hostia de cerca en el vecino y somos capaces de extrapolar y darle a todo su valor relativo).
No tengo de qué quejarme. No tengo por qué sufrir. No quiero ni si quiera pensar en futuribles si no es para llenarme de energía y recargar las pilas que hagan que cada día pase de la mejor forma posible. Pero es tan fácil de olvidar todo esto. Es como meterse en el fango poco a poco, hasta que ya casi no puedes andar porque te está llegando a la cintura y entonces, solo entonces, eres capaz de decidir dar la vuelta para volver a la tierra firme que habías abandonado.
Tienes razón, Mª Carmen, es posible que quien lea todo lo que escribo, o parte de ello, pueda pensar que mi vida es perfecta y que tengo todas las respuestas, y que no me preocupo por nada, y que tengo las cosas claras, y que el fango, si me meto en él, no me llegará ni a las rodillas antes de que me de cuenta.
A ti, que tanto te gusta leer esto que sigo escribiendo, y que te encanta darme por saco porque puede que me conozcas más que yo misma, no te puedo engañar, y eso me encanta.
Tú, que tiras de mí de vez en cuando para bajarme de los cielos para que nada se me suba a la cabeza; tú que sabes de todas mis imperfecciones y aireas en cuanto te dan oportunidad; tú sabes que seguramente solo me de la vuelta cuando el fango empiece a llegarme al cuello; que mis futuribles son parte de mí (y no todos son optimistas); y que a pesar de compartir pensamientos que tal vez a otros le sirvan de algo, yo también necesito ejemplos de vida.
Intentaremos no preocuparnos demasiado por lo que aun no ha pasado.

